Reseña: De Jueves a Domingo – El filtro del mundo

De jueves a domingo, con su secuencia inaugural, compone una propuesta que tendrá en la mediatización de sus planos –y de la vivencia subjetiva asociada a ellos– su criterio distintivo: porque aquello que vemos siempre se encontrará interferido por un objeto que bifurca y, a la larga, refracta la impresión que nos hacemos de las vidas de las cuales nos rodeamos.


No deja de ser llamativo caer en la cuenta de que muchas veces al mundo lo vemos mediado por otra cosa. Algunos llaman a aquello un dispositivo. Por ejemplo, los lentes con sus aumentos o los teléfonos con sus aplicaciones, justamente se asemejan en el hecho de que operan como ventanas hacia la realidad, desde las cuales nos es posible ver lo que, de otro modo y sin tanto artificio, no podría ser visto. El asunto es que en ocasiones ése artefacto (o su mediación) pasa desapercibido y tendemos a asumir que lo que vemos gracias a él –aumentado, hermoseado, interferido o sintetizado– es precisamente lo que está ahí. De hecho, parte de los problemas actuales de la comunicación tienen que ver con ese fenómeno: creer que lo que vemos desde una pantalla es lo que está ahí y no una versión de ello. O que nada se pierde –ni se gana– mostrándolo así.

Tomando esto en cuenta, la primera secuencia en De Jueves a Domingo va a encargarse de poner esta característica en evidencia.

Mientras amanece, de entre las frazadas ensombrecidas por el atisbo de la luz incipiente y desapercibida que esa mañana proyecta, se va desperezando la silueta somnolienta de un niño o una niña. Al que una sombra más grande y adulta se ocupa –tiempo después– de cargar y transportar desde ese lugar. Mientras tanto, en el fondo del plano atisbamos otro cuerpo, femenino, que se empeña en rociar agua entre la vegetación doméstica, aparentemente porque los rayos del Sol en la mañana, en su ligereza, no deshacen el agua que nutre y oxigena las plantas. También figura un vehículo en el cual otras presencias –tal vez las del principio–, cargan insumos para lo que suponemos es un traslado hacia alguna parte.

Toda esa composición se produce no sólo por efecto de la distancia desde la cual se nos abre el plano, sino por el efecto que genera la presencia del vidrio que separa y mediatiza ambas atmósferas. El cristal mohoso y deslavado de la ventana que da al patio exterior de la pieza desde la cual alguien fue sacado, no sólo exhibe un paisaje, sino que también filtra el paso de la luz que hace posible que, de hecho, podamos ver lo que sucede afuera a propósito de la emergencia de la primera luz de la mañana. Momento inaugural del día en donde todas las cosas, dicen por ahí, se echan a andar.

De jueves a Domingo, con su secuencia inaugural, compone una propuesta que tendrá en la mediatización de sus planos –y en la vivencia subjetiva asociada a ellos– su criterio distintivo: porque aquello que vemos siempre se encontrará interferido por un objeto que bifurca y, a la larga, refracta la impresión que nos hacemos de las vidas de las cuales nos rodeamos. Y quizá percibir y acoplarse, o bien encaramarse a la experiencia, tenga que ver un poco con eso: con ver las cosas atravesadas por la vivencia personal que de ellas tenemos y que también hemos tenido.

En ese sentido, la familia del inicio se dirige hacia un lugar del Norte de Chile (cuestión que también intuimos a propósito de las regularidades topográficas que la carretera nos indica a todos quienes hemos hecho un viaje parecido). Los cuatro miembros están separados por la distribución habitual de un vehículo; donde sentados adelante se encuentran los adultos que vigilan el itinerario y deliberan sobre los asuntos importantes. Hombre al volante y mujer de copiloto, ambos describen la estructura familiar reproduciendo su orden tradicional.

Mientras tanto los niños, desde atrás, se van entreteniendo con los juegos de palabras y las canciones de sus padres que, seguro, se aprendieron de memoria. Sumergidos en la impaciencia de un recorrido que no conocen de antemano, se acostumbran a la espera y al modo que el paso del tiempo tiene de aparecerse durante los viajes. La hermana mayor, Lucía (Santi Ahumada), sin embargo, se incomoda. Hay algo en el ambiente que seguramente pasa, pero que ella, desde su lugar y en su tiempo, no alcanza leer de la forma en que sucede. Porque su impresión de lo que pasa es volátil pero no por eso menos consistente para ella misma. Para Lucía, intuir un problema no es desconocerlo, sino que ser capaz de leer el interés de otros por hacerlo desaparecer.

Si hay algo que Dominga Sotomayor se empeña en señalar esmeradamente en De Jueves a Domingo es que por mucho que nos cueste asimilar un fenómeno, siempre seremos capaces de seguir una pista de él. En este sentido, el impasse vivenciado por la niña protagónica –que por cierto, le leemos en el rostro– adquiere una carga volátil e iniciática: porque intuye que algo pasa y le aflige no poder dar con su origen.

Y por esa razón quizá esta ópera prima no sea más que la constatación absoluta de la posibilidad de su personaje –una adolescente que comienza a serlo– de construir epistémicamente el mundo: de armarse con una versión/visión de él. Con la particularidad de que siempre, para su desgracia, habrá un obstáculo que se empeñe en estrecharlo.

Porque su lugar en la distribución del auto es sólo una operación más de aquello que esta película nos cuenta todo el tiempo: la impresión nostálgica de que, de las cosas, nos llegan fragmentos. Del mismo modo en que de las olas sólo recibimos oleaje.

Por lo tanto, Dominga Sotomayor escribe y comanda en De Jueves a Domingo la composición de una familia que con cada plano se vuelve, de hecho, menos familia de lo que era antes. Pero no de la manera hostil y compungida que bien podría presagiar un melodrama fulminante acerca de la descomposición anunciada de un vínculo ya roto. Aquí, más bien por el contrario, preside el gesto y apuntalan los susurros.

Con dichos ingredientes, de hecho, atestiguamos la road movie sobre un viaje que no para en ningún lado. Una historia que se escribe con los trazos de una narración con vencimiento, que tiene el mérito audaz de presentar, anudadas con sobriedad, el presagio del derrumbe con la esperanza de su transformación.

Sotomayor tal vez descree de los giros que fuerzan la trama a bifurcarse demasiado, ya que más bien se empeña en que sean, por decirlo de algún modo, los derroteros de lo doméstico aquellos que la inclinen hacia el lugar donde tenga que ir. Ahí depura su confianza en un sonido intermitente y en la libertad formal de situar a los personajes en un lugar de tránsito que perfectamente pueden volver a rehacerlo en otro lado.

Es probable que ya en esta película resuenen ciertas obsesiones biográficas sobre la pérdida o el cambio, o la crianza y su relación con los límites que su rol les exige, a los padres, mantener. Porque de hecho, su sigilo criterioso brilla en los confines del artefacto que va a elegir para su mensaje. A veces melancólico, a veces prometedor.

A casi una década de De Jueves a Domingo, y en lo que vendrá a ser tal vez una marca recurrente y depurada de su propia factura, Sotomayor surge como una exponente meticulosa de ese tipo de películas que cuentan con problemáticas que nunca las sobrepasan. Además de mostrarse capaz de jugar con los límites y rupturas que toda mediatización trae consigo. Porque todo ese drama que los niños se pierden, felizmente encumbrados sobre el techo del automóvil andando, es una forma de pensar en el carácter ilusorio de las superficies y de los cristales como reflejos que nos distancian de lo real.

En ese sentido, dicho drama nos devela, en definitiva, la pretendida transparencia de las cosas transparentes: porque algunas veces el vidrio nos traiciona cuando clausura los sonidos que se escuchan disponibles. Aunque también, muchas otras veces, lo haga ese vidrio que nos ofrece, como el reflejo de lo que pensamos que somos, nuestra propia imagen ilusoria como semejante.

Reseña de De Jueves a domingo

Ver De Jueves a Domingo en OndaMedia

De jueves a domingo (2012, 96 mins.) Dominga Sotomayor, Chile
Santi Ahumada, Emiliano Freifeld, Paola Giannini, Francisco Pérez-Bannen.

ClaudioSH
claudio.s.herrera@gmail.com

Claudio es psicólogo. Reparte su tiempo entre hacer clases, ver cine y lograr terminar un Magister. No se encuentra mucho en eso de ser cinéfilo. Ni menos, amante del cine: ve películas porque está acostumbrado, porque no es demasiado caro y porque, tal vez, fue lo único que se le ocurrió hacer con el poco tiempo que le queda disponible.

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