Nasha Natasha – Formas de volver a casa

El principal aditivo que tiene Nasha Natasha es que funciona como documental musical aunque, al mismo tiempo, esa excusa anecdótica lo hace también ser la filmación de un misterio que tal vez no lo es tanto: la forma en que circulan lenguajes que no tienen fronteras.

Son dos Natalias las que acaparan la cámara en Nasha Natasha. La primera, divagativa, cansina y silente, es filmada mientras permanece pegada a la ventana de un hotel gélido e impersonal, aferrada a una bebida caliente,
seguramente absorta en el anhelo de un afecto esquivo al otro lado del mundo. La segunda, reluciente, habilidosa y carismática, posa para las cámaras mientras recibe regalos y reparte saludos entre cientos de mujeres que no hablan su idioma, pero que la anhelan tanto como la primera Natalia, nostálgica, ve caer la nieve y la noche. 

Es muy curioso que la mayor parte del tiempo estas dos Natalias aparezcan divididas por un plano, aunque siempre se mantengan solapadas o indiscernibles para quien se interese en diferenciarlas. Y es que constituyen dos facetas de una artista que en este retrato se subrayan con insistencia. Tal vez el talento del artista tenga que ver, precisamente, con difuminar la línea imaginaria que divide, en ellos, la vida pública del mundo privado sin que lo notemos demasiado.

Dicho esto, el documental del uruguayo Martín Sastre se revela, en primera instancia, como un documental estrictamente musical. De esos que antes que preocuparse por los contextos o los pormenores de las giras musicales más bien las colocan en el centro. Desde luego, no es tan difícil entender el sentido de la propuesta, en tanto parece ser bastante sensata la decisión de seguir una de las giras que Natalia Oreiro realiza en Rusia y algunos países de Europa del Este en 2011. Por lo tanto, aquí no faltan las canciones pegajosas y los minuciosos y calculados ensayos de las puestas en escena que, minutos después, vamos a ver dispuestas con fanfarria y pirotecnia cuando las muchedumbres las vitoreen jubilosas al interior de un estadio repleto.

Lo verdaderamente interesante, o distintivo en este esfuerzo documental, se ilustra con una secuencia en ese mismo ambiente: sobre el escenario, media docena de mujeres sub-30 se mantienen expectantes a la señal de vamos que la maestra de ceremonias sudamericana calcula y coordina para que, en ese momento, todas al unísono bailen al son de No me arrepiento de este amor (1996), ese himno festivo de la desaparecida  Gilda que Oreiro en algún momento de su carrera reversionó.

El periodista argentino Martín Caparrós planteaba que la música en otro idioma es una forma curiosa de una melodía estrictamente instrumental, que nos sobrecoge y nos interesa en parte porque que nos contorsionamos al ritmo de unas palabras que denotan, en definitiva, más sonidos que sentidos. Para la audiencia expectante de Natalia Oreiro, que la espera para dar un concierto en medio de un territorio recóndito de la ex-Unión Soviética, la canción de Gilda, que bailan en el lugar donde cantan los que saben, también es cantada por ellas. Y en español: un idioma que para ellas podría ser tan extraño e inentendible como la razón que tienen para seguir a una cantante con la cual paradójicamente en nada se parecen pero tanto declaran tener en común. 

Desde este punto de vista, el principal aditivo que tiene Nasha Natasha es que funciona como documental musical –para quienes efectivamente disfruten o sigan la carrera artística de una Natalia Oreiro sobregirada y a ratos kitsch, pero que tiene el mérito sobrio de permanecer vigente–, aunque, al mismo tiempo, esa excusa anecdótica lo hace ser la filmación de un misterio que tal vez no lo es tanto: la forma en que circulan lenguajes que no tienen fronteras, y el itinerario de unas costumbres y unas culturas que se encuentran en un lugar que es común pero a la vez parece recóndito, al que sólo algunos elegidos y elegidas parecieran acceder o alcanzar a rozar con lo que cantan o lo que escriben. 

Al fin y al cabo, Natalia Oreiro no sólo interpreta canciones que en algún momento musicalizaron teleseries, sino que es presentada como una artista diligente y concienzuda, que remenda sus trajes platinados mientras imagina coreografías sin dejar de sonreír o de trabajar. Hay en ese gesto algo así como una espontaneidad calculada, esa que a los actores les sale de los poros, como si pareciera ser pura coincidencia pero que la antecede la más profunda y calculada disciplina. Este método no condena a la uruguaya a la hipocresía o la desafección sino que todo lo contrario, porque nos deja la impresión que la mejor manera de conectarse con el otro es, sencillamente, tomarse el tiempo y la dedicación que debe tener el arte de mirar a los ojos y hablarle a la cara. O, dicho de otro modo, a tratarlo con la misma nobleza con que la que se lleva una carrera a cuestas por tanto tiempo. 

Y ahí tal vez la cultura eslava sintoniza con la artista, precisamente porque en algún momento se sus vidas se conectó –dios sabe cómo– con un momento que todos a la larga atesoramos: ese instante en donde vivimos como real la ilusión de que las canciones o las películas hablaban de nosotros y no de quienes las protagonizaban.

Por esa razón Nasha Natasha construye una Natalia Oreiro en versión artista meticulosa, pero también como una persona profundamente versátil: que tiene la fortuna (o la desgracia) de trabajar lejos de quienes quiere, y que los extraña mirando la ventana, al mismo tiempo que encuentra en su público ruso o polaco algo así como una restitución simbólica que es en el fondo su posibilidad de volver al lugar de origen. Y tal vez ahí para ella se cierra el círculo: cuando su música y su imagen confirman que como reza ese verso de Séneca que tanto sentido ha vuelto a tener en pleno 2020 somos olas del mismo mar, hojas del mismo árbol y flores del mismo jardín.

Nasha Natasha

Director: Martín Sastre

Guion: Martín Sastre.

Fotografía: Mariano de Luca, Fermin Torres.

ClaudioSH

Claudio es psicólogo. No se encuentra mucho en eso de ser cinéfilo. Ni menos, amante del cine: ve películas porque está acostumbrado, porque no es demasiado caro y porque, tal vez, fue lo único que se le ocurrió hacer con el tiempo que le queda disponible.