Reseña: Arctic – Métrica del cuidado

Arctic es un exponente sobrio y profundamente humanista del género desde el que se para. Pese a que sus alcances, de hecho, le permitan extenderse, con una profundidad no siempre tan fácil de encontrar, hacia todo vínculo humano que precisa de cuidado.


Si uno tipea “Joe Penna” en la barra del buscador, inmediatamente el motor de búsqueda arroja que el susodicho personaje, además de director, es publicista, brasileño y guitarrista. Aunque lo que llama la atención es que sea youtuber o que, de hecho, lo sea siendo también las otras tres cosas juntas. Fenómeno viral indiscutible con un video de dieciséis millones de visitas donde, en ciento cincuenta segundos, sintetiza mil tomas distintas, Penna ya mucho antes se merecía la posibilidad cierta de filmar una película.

En este sentido, el primer dato interesante alrededor de una película como Arctic es que la dirija un tipo que se encontraba, por decirlo de algún modo, cinematográficamente en sus antípodas, temáticas y estéticas. Sin embargo, una película como esta precisaba para realizarse de un director hábil en un sentido estricto. Cuyo background técnico muy seguramente ha perfilado sus primeros videos en Youtube como pasos evidentes de una escuela necesaria.

Porque Arctic es la ópera prima de un director que pareciera haber hecho muchas otras películas antes. Cuestión en cierto sentido aclarada porque los videos pueden ser una especie inusual de ellas, siempre y cuando consideremos que el cine –entendido como modalidad de pensamiento– puede estar en todos lados.

Arctic, El Ártico, con Mads Mikkelsen

La primera secuencia del filme en cuestión pone a un sujeto cubierto a la mitad por una nieve excesiva y descentrada del plano. El tipo (Mads Mikkelsen) está solo, pero ese dato –quizá apabullante para el espectador– pareciera no tenerlo en cuenta o no importarle demasiado. Porque de lo que se ocupa del hombre en ese momento es de cavar unas marcas cuyas hendiduras forman, vista desde arriba, la señal universal del socorro: SOS. Mikkelsen, cabe señalar, se apellida Overgård, cuestión que intuimos a propósito de esa palabra suelta que engalana el bolsillo derecho de su chaqueta térmica tono rojo naranjado. Misma chaqueta que nos sugiere la posibilidad de que el sujeto, tal vez socorrista, tal vez aviador, se haya estrellado en la avioneta que figura en el fondo del plano.

Por esa razón, más plausible que cierta, se explica que el hombre tenga oficio en administrar y organizar sus días en medio de la nada. En el fondo, saber gobernarse para sobrevivir. De hecho, aquello es lo único que sabemos con meridiana certeza en una película como Arctic: la ausencia de tanta información diegética de la película contrasta con la infinitud de la nieve que a cada rato colma el plano. Sin embargo, esta premisa es paradójica, porque ¿Qué más informativo acerca la sobrevivencia de un personaje que la profusión del elemento que vuelve la vida un valor tan frágil? La nieve, por no decir nada, tal vez habla demasiado.

Arctic está articulada bajo la premisa inicial de Overgård de sobrevivir ritualizando cuanto sea posible el paso de los días. Lo interesante surge cuando, literalmente de la nada, emerge la presencia del otro. El helicóptero que lo rastrea –cuya presencia implica la posibilidad de escapar de la muerte segura– se estrella como él probablemente también lo hizo tiempo atrás.

Y es ahí donde, a propósito de la presencia repentina de un otro que salvar –y que antes concurría a salvarlo a él– la narración de la película se bifurca de manera radical. La que era una película más de sobrevivencia, de la noche a la mañana se vuelve una reflexión profunda sobre el otro y el vínculo al cual nos somete su presencia.

Arctic, El Ártico, con Mads Mikkelsen

Volviendo a la más clásica fábula sobre la sobrevivencia del ser humano en soledad, Robinson Crusoe (1719), toda referencia a la posibilidad de habitar el abandono se encuentra, de manera repentina, con la irrupción insidiosa de un otro. En el caso de la novela de Daniel Defoe, a propósito de Viernes, a quien rescata de la ejecución. En suma, el otro siempre está aunque queramos que no esté.

En este sentido, Arctic es un ejercicio lacerante y sobrecogedor sobre la supervivencia, claro está, pero que también se acompaña de la pasión trágica que rodea lo que pensamos sobre ese otro que está ahí frente a nosotros, pero que también tenemos resonando en la cabeza. ¿Cómo es el otro a quien tenemos ahí? ¿Cómo pensamos que debemos actuar frente a el?

Tal vez por ahí está el mérito una película como esta: plantear la debacle de hacer frente al fatalismo más asolador como una tarea que se justifica, o tal vez solo se sostiene, apelando al otro. Al cuidado del otro. Ahí Joe Penna se acerca con solidez y delicadeza hacia todos esos vínculos que las personas sostienen con un otro al que hacen depender. Y ahí la figura de Mikkelsen dota al periplo de sobriedad y distancia, pero también de una carga que expone en lo físico su más virulenta intensidad. A partir de un personaje cuyo via crucis es en parte la tarea de hacer todo lo posible porque la vida no se vaya en ese intento. No sólo a él, sino a quien tiene a su cargo. De quien él, de hecho, decide responsabilizarse más allá de sí mismo.

Ahí Arctic, sin evitarlo demasiado, se aproxima a intentar una reflexión sobre la figura del mártir, arquetipo novedoso en el tratamiento narrativo que adquiere su propuesta.

Desprovista de accesorios pero refulgente en interpretaciones, Arctic es un exponente sobrio y profundamente humanista del género desde el que se para. Pese a que sus alcances, de hecho, le permitan extenderse, con una profundidad no siempre tan fácil de encontrar, hacia todo vínculo humano que precisa de cuidado. Porque como en la vida misma, todos fuimos o seremos cuidados por un otro.

Reseña de Arctic (El Ártico)

Arctic (El Ártico) (2018, 98 mins.) Joe Penna, Islandia
Mads Mikkelsen, Maria Telma Smáradóttir

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ClaudioSH
claudio.s.herrera@gmail.com

Claudio es psicólogo. Reparte su tiempo entre hacer clases, ver cine y lograr terminar un Magister. No se encuentra mucho en eso de ser cinéfilo. Ni menos, amante del cine: ve películas porque está acostumbrado, porque no es demasiado caro y porque, tal vez, fue lo único que se le ocurrió hacer con el poco tiempo que le queda disponible.

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