Reseña: Cold War – La Apoteosis

A través de un depurado uso del blanco y negro, Cold War es un tributo sensible y amargo a una época que encuentra en sus dos protagónicos la expresión contenida de la tragedia más dramática de todas: amarse desmedidamente, al punto de separarse cada vez que deciden obligarse a hacerlo.

Partamos de la base que Cold War resulta, además de muchas cosas, un certero y verosímil ejercicio de indagación antropológica. En donde lo que los personajes buscan al inicio del metraje, en su recorrido invernal por la Polonia profunda, no es otra cosa que la manera correcta de expropiar cierta esencia desde las costumbres musicales de una ruralidad marginal y recóndita. Es probable, piensan ellos, que ahí se esconda aquello que encarna al pueblo: esa cosa universal que todos supuestamente tenemos, pero que ellos no encuentran en sus propias maneras de ser.

Esta excusa narrativa introductoria –espléndida, por lo demás– es muy relevante cuando uno se retrotrae al origen de la propia filmografía de Paweł Pawlikoski. Puntualmente, a Serbian Epics (1992). Allí, Pawlikoski reconstruye –a propósito del recorrido por cantos, instrumentos y melodías del folklore balcánico– los pormenores latentes de la desintegración yugoslava y cómo, a partir de ellos, puede sospecharse el interés naciente por la recuperación febril de dinastías inscritas en las arengas militares que los soldados fabulan, pontificando sobre unos tiempos pretéritos reales y mejores. Serbian Epics es, entonces, un documental costumbrista que disfraza la exaltación nacionalista del jerarca Radovan Karadžić (hoy convicto por genocidio, antes psiquiatra, ex-presidente serbio y poeta ocasional) cuyo interés sintoniza con el lirismo bélico que engalana una gesta fatal. Y por cómo, en palabras de Slavoj Žižek, detrás de toda limpieza étnica se esconde un poeta. Aunque sea uno mediocre con cara de presidente.

En la misma coordenada, Cold War también exhibe la búsqueda del sujeto de la revolución, cuyas filigranas se intuyen disponibles entre las cosechas vegetales, las sones de borrachos y las canciones de cuna. No es casual, entonces, su implicación histórica, hecha evidente en un montaje elíptico acompasado: el retrato de cómo la Polonia del ’40 se acomoda bajo la tutela soviética. Es ahí cuando aparece el interés deliberado por reconstruir la esencia del pueblo por parte de los ganadores invasores como manera de extender su radio de influencia y de obtener réditos de los territorios con los que comparten, ahora, matriz ideológica. Objetivo deliberado además de circunstancia histórica que vincula a los protagonistas de una historia trágica que se viste con la Historia.

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Zula (Joanna Kulig) es una mujer agreste con declarado talento, impronta magnética, ademanes autodeterminados y una historia sombría que nadie tiene que saber. Es una de las tantas convocadas que engrosa las filas de la academia que Wiktor (Tomasz Kot) y compañía reclutaron exitosamente por los rincones del país. Este último, cabe señalar, es un hombre esmirriado, silencioso, toca el piano y parece ser uno de los cerebros o directores del casting que vemos ejecutarse. El flechazo entre ellos es fulminante y la película no se cansará de exhibirnóslo durante sus precisos y justificados 85 minutos de duración.

A través de un depurado uso del blanco y negro –particularmente en la construcción atmosférica de los espacios cerrados y las periferias residenciales– Cold War es un tributo sensible y amargo a una época que encuentra en sus dos protagónicos la expresión contenida de la tragedia más dramática de todas: amarse desmedidamente, al punto de separarse cada vez que deciden obligarse a hacerlo. De acuerdo a esta idea, Pawlikoski encuentra en la figura de una mujer rústica y un exiliado hastiado la perfecta síntesis de un enfrentamiento histórico sin hostilidades directas, pero plagado de ambigüedad, distancia y represión. Unos extremos que al final se tocan sólo para seguir prisioneros de la pasión que los arranca uno del otro. Engrandecido, cabe señalar, por el rol indiscutible de Zula, una actriz versátil y absolutamente sobrecogedora, demasiado relevante en una historia parca cuya complejidad sólo se alcanza a entrever en aquello que las palabras no alcanzan a capturar, pero sí en un baile trasnochado martirizado por los embates de la bohemia.

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En cierto sentido, Pawlikoski vuelve a sorprender con sus obsesiones temáticas por el claroscuro del pasado, la debacle del retorno, el vértigo de la itinerancia o la exaltación nacionalista como modalidad de propaganda, que esta vez se profundiza en sus dimensiones estéticas (por el ímpetu de su fotografía) y formales (por el sentido del encuadre). Sus personajes nunca son las mejores versiones de ellos mismos y siempre se anhelan encontrarse en un lugar sin historia. Como si la pasión escurridiza que los consume se les escapara y ellos, sin destino posible, escaparan hechizados con ella. Porque Zula cree en ella más que en él, y Wiktor cree menos en él que en ambos juntos. Todo esto se adereza de manera magistral con una puesta en escena reticente de exponer los conflictos como se los vive más allá de las secuelas que estos terminan dejando para resolverlos.

Sin embargo, lo que Pawlikoski sí maneja con presteza, es su magistral recurrencia al escenario como matriz narrativa, en la medida que constituye la modalidad a través de la cual se nos cuenta gran parte de la historia. El proscenio y su consiguiente teatralidad –decía el sociólogo Erving Goffman– es la metáfora social por excelencia, acaso la única manera de entender el arte humano de controlar las impresiones que dejamos en los otros. Un arte complicado a la vez que intempestivo: una catarsis que nos encuentra desprevenidos, expuestos ante la figura carismática de quien performa ante nuestros ojos. En suma, el escenario en Cold War no es otra cosa que la ilusión inconexa que somete a Zula y Witkor a creer que, por un segundo, se juntan para siempre. Al sentir que se erradica la distancia –material, artística o geográfica–  es precisamente cuando caen en la trampa de un escenario que los hace creer que están juntos cuando es el mismo plató, ese teatro de los sueños, el que macabramente se posa entre sus deseos. Tal como a ella le pasa con él, a él le pasa con ella, y a nosotros, irónicamente, nos pasa con ellos.

Reseña de Cold War (Zimna wojna)

Cold War (Zimna wojna) (2018, 85 mins.) Pawel Pawlikoski, Polonia
Joanna Kulig, Tomasz Kot, Agata Kulesza, Jeanne Balibar

 

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Por

ClaudioSH
ClaudioSHEditor y director
Claudio Herrera es psicólogo. Reparte su tiempo entre hacer clases, ver cine y lograr terminar un Magister. Le interesan mucho las películas de países a los cuales siempre es caro –e improbable- encontrar vuelos directos. Aunque también valora en su justa medida a todo lo que pueda verse en multisalas acompañado de bebidas extra grandes o nachos con queso. No se encuentra mucho en eso de ser cinéfilo. Ni menos, amante del cine: ve películas porque está acostumbrado, porque no es demasiado caro y porque, tal vez, fue lo único que se le ocurrió hacer con el poco tiempo que le queda libre.


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