Gloria Bell – La nueva y la ex

La película confirma el alza en la depuración estilística del director, esta vez mucho más hábil en la consistencia de una paleta de colores que colma cada plano con un exceso a ratos preciso y a ratos comedido.


¿Qué se gana viendo el remake de una película orientada hacia un público específico que probablemente no es el propio? La pregunta es interesante pero tramposa. ¿Existe algo así como un público ideal para cada película? Podría decirse que sí, que seguramente las películas perfilan, para bien o para mal, al público que las termina viendo (los algoritmos y Netflix saben y lucran un poco con eso). Podríamos, para ser justos, decir que las películas son universales en la medida que están hechas para todos quienes quieran y puedan verlas. Ahora bien, ciertamente la discusión sobre los pormenores del remake –que una película como Gloria Bell sugiere– sin duda, ni empezaron ni piensan acabarse con ella.

Más aún, los remakes recuperan esta controversia cuando se justifican el acuerdo –o confirman la verdad– de que no todas las películas llegan a todos los públicos del mismo modo. Que hay algunas excepciones a alcance universal de las historias que nos cuentan. Y que algunas veces es necesario traducirlas para hacerlas rentables, conferirles visibilidad, extenderles sus alcances o actualizar sus pretensiones.

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Se ha hablado mucho de Sebastián Lelio y su intención de rehacer Gloria (2013) con elenco y capitales del primer mundo: flechazo inmediato de su actriz protagónica, oportunidad inesperada de consolidar una carrera, o atrevimiento resuelto de un realizador soberano de su propia filmografía, el tema es que el interés por la película actual vendrá, inevitablemente, dado por lo que podemos decir de su versión anterior. Pero también por el modo en que un el director abstrae y exporta la originalidad de una historia que antecedió al momento exacto en que su carrera, finalmente, se acabó por consagrar.

En esta película, Gloria Bell (Julianne Moore) contesta teléfonos para una aseguradora, tararea encima de las canciones cantadas por mujeres que escucha en el auto, y es capaz de organizar almuerzos con familiares en restoranes con los cuales discute, entre otras cosas, el pago de una cuenta que perfectamente puede costear. Es un personaje que rezuma tanta vitalidad que la decisión de colocarla en un club nocturno bebiéndose un Martini no resulta demasiado inusual o estrafalaria para el espectador. Muy por el contrario: la acumulación de retazos de su cotidianidad sólo refuerza la impresión de que el personaje no duda en hacerse con las riendas de su vida en todo momento. De esta forma, la gestión vital que le vemos a Gloria Bell difiere, en cierto grado, de la iniciativa más introspectiva y ensimismada que Paulina García le imprimió al personaje años atrás. Y no es que esta última no haya sido una mujer resuelta: el problema más bien es que se adjudicó la tragedia de haberlo sido demasiado.

De hecho, uno de los primeros contrastes que vemos entre ambas propuestas viene dado por la naturalización de la agencia de los personajes femeninos que cierto cine, por fortuna, ha venido a develar en los últimos años. Novedad narrativa que esta Gloria Bell no hubiese tenido, precisamente, de no haber antecedido a la Gloria que reinterpreta.

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Ahora, más allá de las semejanzas y diferencias (habidas y por haber) entre ambas propuestas, no es menor atender a la reflexión temporal que la progresión de ambas películas, en definitiva, pone en evidencia. Porque Gloria, en tanto personaje y tropo representativo de cierto arquetipo femenino cruzado por categorías generacionales, confirma una evolución que está dada por los cambios culturales de los cuales el personaje no sólo es exponente, sino que también es un punto de inflexión desde el cual podemos corroborar los cambios que alimentan su propia evolución. En ese sentido, Gloria Bell podría tener el mérito, en primera instancia, de ser un producto que resulta y exhibe el sedimento de un cierto momento cultural o epocal.

Sin embargo, por una razón tal vez propia del casting o de la misma premura histórica, el personaje de Julianne Moore sólo parece sostenerse en el carisma evidente que exhibe la espontaneidad que logra el trabajo interpretativo de la actriz. Porque más allá de eso, la relativa autodeterminación que le vemos al personaje, a ratos parece emparentarse demasiado con cierta idiosincrasia norteamericana en torno al self made (wo)man. Viéndolo así, el arrojo del personaje, entonces, se diluye en la medida que sus fracturas aparecen teñidas de un regusto de autosuficiencia que es menos emancipada que deliberadamente emprendedora. Porque pareciera que a veces esta Gloria Bell se empeña en esconder unas fallas que no parece tener. Y es curioso en ese sentido constatar el modo en que se recibe esta actualización del personaje de Lelio, en una película en donde su protagónico se vuelve menos importante que la manera efervescente en que el director la sitúa dentro de su película. Cosa que la anterior invertía con un sabor trágico, ingenioso y embellecedor.

Independientemente de eso, la película –no necesariamente innovadora en torno a la narración salvo en relación a los ajustes culturales– confirma el alza en la depuración estilística del director, esta vez mucho más hábil en la consistencia de una paleta de colores que colma cada plano con un exceso a ratos preciso y a ratos comedido. En donde los universos paralelos en los que Gloria parece divagar son el fruto depurado de un trabajo fotográfico que se comienza a volver una marca de autor más que una intuición aún por descubrir. Es de esperar, entonces, que el director pueda ser capaz atravesar, con tiempo y oficio, las limitaciones puntuales que un remake inevitablemente inscribe en su trabajo.

Reseña de Gloria Bell

Gloria Bell (2018, 102 mins.) Sebastián Lelio, Estados Unidos
Julianne Moore, John Turturro, Michael Cera, Sean Astin

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ClaudioSH
claudio.s.herrera@gmail.com

Claudio es psicólogo. Reparte su tiempo entre hacer clases, ver cine y lograr terminar un Magister. Le interesan mucho las películas de países a los cuales siempre es caro –e improbable- encontrar vuelos directos. Aunque también valora en su justa medida a todo lo que pueda verse en multisalas acompañado de bebidas extra grandes o nachos con queso. No se encuentra mucho en eso de ser cinéfilo. Ni menos, amante del cine: ve películas porque está acostumbrado, porque no es demasiado caro y porque, tal vez, fue lo único que se le ocurrió hacer con el poco tiempo que le queda libre.

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