Reseña: Isla de Perros – Haiku Doglover

No han sido pocos los artistas que han caído enamorados perdidamente de Japón, ese inescrutable país del Sol naciente. Lo notamos en sus obras, y en el modo como a través de ellas siempre se nos desdibuja un Occidente deslavado y autómata para hacer aparecer, en ese esfuerzo, otro lugar lleno de singularidad y expresividad embriagadora. Hollywood, de hecho, tiene más de una centena de filmes ambientados, inspirados, asociados o atravesados por Japón y su influencia cultural. Por ejemplo, Martin Scorsese, realizador sempiterno y siempre insatisfecho, se pasó casi una década adaptando al cine una película que no sólo ocupa a la isla como telón de fondo, sino que también la consolida como una matriz epistemológica que articula toda su narración. Silencio (2016) es una obra maestra rotunda, tan inmensa como el Sol que le sirve, a esa isla, de centinela caprichoso. No habrá ganado ningún premio, claro está, pero seguramente trascenderá por el alcance universal que va adquiriendo, día tras día, su reflexión.

Wes Anderson, por su parte, también engrosa esa lista. Porque no se puede negar el afecto que le prodiga a esa imagineria nipona que recubre cada una de las secuencias de su última aventura en el terreno de la animación. Isla de Perros, en su estilo, puede ser el estimable tributo a un lugar que lo inspira por sus artes, literatura y riqueza cultural pop en general. Pero también es una propuesta que aboga por transmitirnos universos distintivos, tan fabulosos como extravagantes. Hay –en esta alegoría perruna tal vez anodina– un poco de la épica del tokusastsu (género que lanzó a la fama a Ultraman), mucho de la iconografía y causalidad del manga y, por supuesto, atisbos formales de la rítmica metronómica de Yayoi Kusama. Siendo esta última una inspiración mediamente evidente pero también un símil formal que sintoniza con el modo como Anderson compone el plano y piensa la métrica meticulosa de su aceitada puesta en escena: a partir de paletas cromáticas contingentes, hilvanadas simétricamente en relación a imágenes proporcionalmente organizadas según parámetros exigentes y recelosos de ubicación, espacialidad, profundidad y distribución. Anderson es, antes que un esmerado esteta o un puntilloso formalista, un aventajado matemático, concienzudo del modo más económico de extraer belleza de las simetrías.

Bajo este contexto, evidentemente, su película sorprende por el nivel de fotogenia visual que adereza su historia. Isla de perros es un film que no defrauda sino que deleita toda exigencia formal. Porque tal vez, en este caso, es la única forma disponible del director de contar una historia. Como si la perfección del plano fuese no un requisito opcional sino algo así como una exigencia espiritual. Opción debatible aunque comprensible en este caso.

Por otro lado, no deben soslayarse las otras influencias temáticas que podemos verle a esta fábula, a todas luces, más moral que otra cosa. Por ejemplo, desde elementos tomados de la sátira política que destilan aventuras animales como las expuestas en Rebelión en la granja (1945) y, más recientemente, Pollitos en Fuga (Chicken run, 2000). Anderson viste a su historia de Oriental pero también contrabandea –tal vez de manera más evidente de lo que nos quiere hacer creer– un mensaje de posicionamiento político contundente: cuál es el rol que tiene la diferencia en la maquinaria que nos comercializa el miedo y nos inscribe el odio. Dentro del aparataje de sistema totalitario que adquiere un Japón apocalíptico, Anderson retorna a la simpleza necesaria de las formas, que lamentablemente ha sido sustituida por la proliferación indiscriminada de todo tipo de distopías futuristas hiper-nano-tecnologizadas que crecen como callampas en los sistemas de streaming. Porque hablar de la artificial oposición entre perros proscritos por apestados y pulgosos, y gatos devenidos semi-dioses, es tal vez una forma de recuperar el poder de la fábula más clásica para apelar, desde lo más elemental que ahí reside, al modo como habitamos un mundo en donde creamos diferencias donde, en cierto modo, sólo hay matices. La apuesta de Anderson se vuelve deliberadamente ingenua porque su fuerte está en reducir un mundo intrincado y contradictorio desde un horizonte moral en donde los poderes, en el fondo, siempre buscan lo mismo: poner la pata sobre los demás.

Ahora bien, la representación es occidental y caucásica, aunque curiosa y ambigua en tanto reivindica el lugar de una ciencia experimental maltrecha y otorga, al sistema totalitario, la posibilidad de serle disidente. Junto con canes amaestrados que precisan de maestros para su liberación. Tal vez concesiones que se amparan en un acercamiento a Japón como una sociedad en cierto sentido ideal. O idealizada, mejor dicho. O tal vez Anderson intuya, como lo predijo Paulo Freire décadas atrás, que toda liberación supone, en definitiva, una formación pedagógica definida en la relación por un otro al que, sólo en el principio, se le obedece.

Con un elenco probado de estrellas que otorgan versatilidad y humanidad a unos perros domesticados (notables los casos de Scarlett Johasson, Tilda Swinton y Bill Murray), una historia sólo en apariencia biempensante y una puesta en escena embellecedora  y minimalista pese a –o a propósito de– sus ornamentos, Isla de Perros es un esfuerzo estimable, mejor depurado y más complejo que la última aventura en animación del director, Fantastic Mr. Fox (2009). Y tal vez una manera novedosa, para él, de seguir haciendo lo mismo de siempre.

Isla de perros (Isle of Dogs) (2018, 105 mins.) Wes Anderson, Estados Unidos
Scarlett Johansson, Bill Murray, Jeff Glodblum, Edward Norton, Bryan Canston, Tilda Swinton

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Por

ClaudioSH
ClaudioSHEditor y director
Claudio Herrera es psicólogo. Reparte su tiempo entre hacer clases, ver cine y lograr terminar un Magister. Le interesan mucho las películas de países a los cuales siempre es caro –e improbable- encontrar vuelos directos. Aunque también valora en su justa medida a todo lo que pueda verse en multisalas acompañado de bebidas extra grandes o nachos con queso. No se encuentra mucho en eso de ser cinéfilo. Ni menos, amante del cine: ve películas porque está acostumbrado, porque no es demasiado caro y porque, tal vez, fue lo único que se le ocurrió hacer con el poco tiempo que le queda libre.


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