Reseña: Jurassic World: Fallen Kingdom – El dinosaurio de los huevos de oro

Es probable y tal vez conveniente que para hablar del universo Jurassic World sea necesario, antes, hablar de otra película que la antecedió. En este caso, Lo imposible (2012) película de relativo éxito -Nominación al Oscar a mejor Actriz- protagonizada por Ewan McGregor y Naomi Watts. Por cierto, ambas películas están dirigidas por Juan Antonio Bayona. Ambas hablan de tragedias, en ambas hay familias rotas pero que al final se recomponen, ambas tientan al destino de los personajes hasta lo irrisorio y ambas, en definitiva, ofrecen una lectura grandilocuente pero a la larga amaestrada de una tragedia. Sea la arremetida un huracán o la irrupción de reptiles jurásicos resucitados. Es relevante este último punto porque nos acerca a una de las principales dificultades que presenta, a la larga, esta nueva Jurassic World. Pero vamos por parte.

Todo comienza con un prólogo que nos introduce hacia una isla volcánica –el tópico clásico de la franquicia: la isla virgen y recóndita– en donde habitan los dinosaurios que vimos en la primera entrega. A propósito de una posible y más que segura erupción, la especie antes-extinta-pero-genéticamente-resucitada corre peligro. En paralelo, las autoridades se debaten entre el dilema de dejarlos perecer por condiciones naturales  –tal como desaparecieron millones de años atrás– o bien movilizar algún tipo de recurso para situarlos en algún lugar seguro y lejos de la intromisión humana. En algo así como otra isla-cautiverio. Claire (Bryce D. Howard) investigadora devenida activista, está interesada, justamente, en relocalizar a los dinosaurios: reconstruyéndoles un nuevo ecosistema en algún hábitat que se preste para ello. Así que parte de la aventura comenzará cuando le ofrecen las condiciones, el equipo humano y la logística para hacerlo. Gracias a –nada más ni nada menos– militares de mirada belicosa, cabello entrecano y armas en el cinto.

Entonces, gran parte del pretexto de Jurassic World: Fallen Kingdom se sostiene en esta encrucijada respecto del paradero de la especie. Pero también del uso o la manipulación que se puede hacer de ellos. Porque un dinosaurio, de hecho, puede ser una perfecta mercancia. El medio para otras cosas. De hecho, a lo largo del metraje son pensados como víctimas a que salvar, monedas con que comercializar, armamentos con que atacar o fetiches para ostentar. El dinosaurio, entonces, es un artilugio que, como el tigre de bengala o el último pájaro dodo, solo nos sirven en la medida que llenan el espacio de una vanidad ciertamente caprichosa.

El problema de todo esto no es dicha trama, sino los ingredientes con los que se arma. Porque el dinosaurio parece ser otra fuerza de la naturaleza al servicio del mejor postor. Una bestia destituida. Resulta quizá un poco desalentador presenciar que estas especies, análogos perfectos de un Moby Dick mucho más que amenazante, se transformen en mascotas amaestradas según los intereses del magnate de turno. Y eso es lo que va sucediendo con la trama: a propósito de una mezcla entre la acción trepidante pero repetitiva, unos personajes que corren y corren con más sudor que sangre, una dosis comedida de humor astuto aunque pueril, una niña literalmente calcada de Logan (2017), y la puesta en escena de subastas, decomisos o escapes, la película carga con cierta banalidad descafeinada. Lo que hasta cierto punto resulta, hay que decirlo, un poco triste. Porque cuando los dinosaurios nos dejan de asustar y vienen a ser los humanoides multimillonarios los que ejercen el control ¿Dónde está la pretendida novedad de la historia? ¿O es que nos quieren pasar gato por liebre contándonos lo mismo? ¿En dónde queda la metáfora sobre la especie, la humanidad o los límites de la ciencia? ¿Existió en algún momento esa metáfora?

Con todo esto, la película sólo recobra el aliento cuando, obviamente, debe recurrir a la nostalgia de un Jeff Goldblum tan profético como comedido. Que abre la puerta hacia la nueva entrega provisto de un aire ligeramente esperanzador, al menos en torno a la profundidad de la metáfora que los dinosaurios y su venida nos solían presentar. Porque Jurassic World: Fallen Kingdom parece ser un entretenimiento correcto pero incapaz de otorgarle al espectador, al universo que tributa y a la temática que desarrolla, un producto acorde a la envergadura de lo que se propone.

Jurassic World: Fallen Kingdom (2018, 130 mins.) Juan Antonio Bayona, Estados Unidos
Bryce Dallas Howard, Chris Pratt, Jeff Goldblum, Daniella Pineda

ClaudioSH
claudio.s.herrera@gmail.com

Claudio es psicólogo. Reparte su tiempo entre hacer clases, ver cine y lograr terminar un Magister. No se encuentra mucho en eso de ser cinéfilo. Ni menos, amante del cine: ve películas porque está acostumbrado, porque no es demasiado caro y porque, tal vez, fue lo único que se le ocurrió hacer con el poco tiempo que le queda disponible.

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