Reseña: La Trinchera Infinita – Presente Perpetuo

La trinchera infinita documenta la vivencia del franquismo, pero tal vez su poder interpretativo puede ir por otro lado complementario: por el modo en que el temor, la supervivencia y la militancia se sostienen al amparo de un tiempo que no hace otra cosa que continuar, inmisericorde, con su progresión

¿Puede una película larga ameritar serlo? La pregunta es relevante, porque hace referencia a una cuestión más o menos controvertida en estos tiempos: extenderse más allá de lo esperable en contextos de inmediatez. En efecto, que las películas duren tanto que no contemos con el tiempo relativo para verlas/consumirlas/apreciarlas, ha sido una problema habitual. La cuestión, sin embargo, últimamente se ha remediado, entre otras cosas, mediante la distribución de los contenidos a través del formato serial. Por poner un caso reciente, si ya era tan complicado sostener la atención para un peliculón de 210 minutos como The Irishman (2019), bastaba dividirla en capítulos para dar con el atractivo de su historia. Como si el formato miniserie la hiciera masticable.

En ese sentido, que una cuestión de formato permita filtrar y hacer sostenible la extensión de las cosas habla, más que de la dificultad de no disponer del tiempo para lo extenso, tal vez de la necesidad que los tiempos actuales –al menos pre-coronavirus– tendrían de ampararse en ciertos ritos para habilitar el visionado. Es una cuestión que trasciende al universo audiovisual, que da para largas y encarnizadas discusiones, y que en algún momento fue advertida por Bolaño al situarla en una queja que el escritor puso en la boca de uno de los personajes en 2666 (1126 páginas): Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren caminos en lo desconocido.

En fin. Este asunto del tiempo es, creo, una cuestión central en una película como La trinchera infinita. No porque se extienda por cinco horas, sino porque no es menor, tampoco, que dure la mitad, 150 minutos: un metraje no exorbitantemente desmedido, pero que sí se siente, al menos, prolongado. Por otra parte, los mecanismos dramáticos de la película orbitan, precisamente, en torno a la cuestión del tiempo: respecto de lo que transcurre en su línea temporal –más de 30 años– pero también a propósito del tipo de reflexión que articula. De hecho, si pudiéramos mencionar lo primero que la película pone en perspectiva, es precisamente la pregunta en torno a la extensión y finitud del tiempo. Desde este punto de vista, ¿A qué hace referencia lo infinito, a algo que no tiene final, o a la posibilidad de escaparse del tiempo, deteniéndolo? Dicho de otro modo, ¿Qué relación existe entre lo infinito y la a-temporalidad que sugiere? Si a la película hay una cosa que le interesa es precisamente en esta debacle en torno a la liquidez del tiempo.

Higinio (Antonio de la Torre) es joven, está recientemente casado, y aparece específicamente filmado cuando se escabulle a través de callejones que darán a las llanuras de la Andalucía de 1936. Por como lo presentan –febril, titubeante, desaseado y vigilante– parece ser un partisano que huye de un pelotón de guardias civiles que tienen como objetivo capturar y ajusticiar a la disidencia al régimen, que ha sido protagonista de actividades subversivas que no se nos revelan sino es a partir de los susurros que el personaje principal intercambia con los personajes a los que se topa mientras se asegura un escondite. El clima en la región es febril, asfixiante y desértico, y los códigos del suspenso así lo confirman con una puesta en escena que, en su primer tramo, siempre es deferente. Pero que a veces, también, se vuelve vertiginosa cuando lo necesita. De hecho, una película como La trinchera infinita podría permitirse desdibujar el suspenso que activa en relación al melodrama que nos presenta. Sin embargo, lo que aquí opera es que este componente se utiliza más bien para amplificar los efectos de la tragedia que efectivamente desarrolla.

Ahora bien, la historia del hacinamiento voluntario del protagonista, como opositor a la facción oficial que gobernó España por décadas, se enmarca dentro de la historia real de disidentes españoles –Topos los llamaron– que escapaban de la muerte precisamente excavando en sus propias casas para recluirse: alienándose para poder salvarse. En un juego que podría asemejarse al exilio voluntario, que desterraba al opositor en peligro de ser hecho desaparecer, en España la estrategia de encerrarse respondía a necesidad de esconderse, pero también de borrar todo registro posible de la existencia propia, de manera tal que no pudiese ser posible estimar ni el paradero ni la sobrevivencia de un sujeto peligroso.

Esta diferencia, que responde a las Historias y lo que tienen de específico en cada territorio, es un aspecto cultural relevante en la manera como se podría interpretar la biografía del personaje principal: ya sea por distancia cultural o quizá por mera desconexión con la idiosincrasia ibérica y su devenir histórico, La trinchera infinita documenta la vivencia del franquismo, es cierto, pero tal vez su poder interpretativo puede ir por otro lado complementario: por el modo en que el temor, la supervivencia y la militancia se sostienen al amparo de un tiempo que no hace otra cosa que continuar, inmisericorde, con su progresión.

Porque la Historia de Higinio es la debacle de una resistencia contingente y en estado de ebullición, que se gesta ante la arremetida de una tiranía que se extendió por demasiado. El tema es que a La trinchera infinita le interesa otro aspecto, que se deriva del primero, pero que, tal vez, a ojos del espectador latinoamericano, es ambiguo, secundario y aun controvertido: qué ocurre con la resistencia una vez que la democracia se restituye. En el fondo, dónde quedan varados aquellos a quienes la Historia olvidó, pero que ellos, tal vez con justicia, no lo entienden de ese modo. Es un tema peliagudo y contradictorio que, por ejemplo, Fernando Aramburu profundizó en Patria (2016) sobre el conflicto vasco, y Juan Cristóbal Peña investigó en Jóvenes Pistoleros (2019), a propósito de los años del Frente Patriótico Manuel Rodríguez y su accidentada trayectoria en la clandestinidad de la transición democrática de los ‘90. Es la historia subterránea e intermitente de militantes que mantienen la adhesión a una lucha que nunca ven fatigada –porque ven ahí la posibilidad del complot o del fracaso– y que se van volviendo anacrónicos un poco por lo mismo: esmerados en estar fuera del tiempo en que están los otros a quienes tienen el deber moral de salvar de la ignominia que ellos ven que no se ha terminado. En el fondo, parten de una observación que no es accidental: ¿Quién decide que las Dictaduras se terminan cuando dicen que se terminan?

La narración de la película, en tanto, más allá de la representación material de una época pretérita, con los objetos y tendencias que la caracterizaron, escudriña de manera sutil y evocativa en aquella obstinación encarnizada que se exhibe como obsoleta, y que en el caso de Hignio se contrapone a la vivencia de una familia que avanza en el tiempo mientras este vive sumergido en un pasado al que, tal vez, simplemente lo forzaron a vivir tan anclado. La tragedia del personaje, de quien se nos muestran los años completos de confinamiento –a propósito de los avatares históricos que este escucha, pero de los cuales ha decidido no participar– es una manera conmovedora de hablar del trauma que azota a las sociedades con pasados turbulentos y lacerantes, de la manera en que se prolongan en un tiempo que pareciera no tener final, pero también de no olvidar que esas cuestiones tan abstractas y atávicas, de hecho, han sido inscritas en personas con nombre y apellido que las padecen y las cargan en el cuerpo. En el fondo, esta es una película que interroga críticamente toda condición de compromiso político, al pensarlo como una cuestión contingente y circunscrita, cuya obstinación no sólo petrifica a quien lo defiende con uñas y dientes, sino que también lo encierra en una debacle que quienes la padecen, tal vez, nunca tuvieron la posibilidad de elegir algo distinto.

Sin ser categórica, y cuidándose de emitir juicios –que subsana con escenas en donde se matizan las épicas, victimismos, heroísmos y martirologios– La trinchera infinita conmueve porque aborda, desde un lugar original –y aún polémico en la historia latinoamericana– el anverso o los residuos de una militancia que se desgasta no por lo añeja que pueda hacerse, sino por su apelación traumática a tiempo sin historia. En el fondo, la historia de Higinio es una tragedia precisamente porque hubo un momento en que se quedó atascada en la rueda de tiempo, y que, por lo mismo, al hacerse infinita –extendiéndose mucho más de lo que el personaje se permitió pensar en su momento–, traduce una calamidad que es en el fondo una forma del trauma: la vivencia de un presente perpetuo, que es otra mala manera de invocar un infinito que oprime porque, de hecho, nunca se termina. Una vivencia sobrecogedora.

Ficha de La Trinchera Infinita.

Director: Jon Garaño, Aitor Arregi, José Mari Goenaga.

Guion: Luiso Berdejo, José Mari Goenaga.

Fotografía: Javier Agirre Erauso.

Elenco:

Antonio de la Torre, Belén Cuesta, Vicente Vergara, José Manuel Poga, Emilio Palacios, José María del Castillo, Carlos Bernardino, Adrián Fernández, Nacho Fortes, Marco Cáceres, Joaquín Gómez, Esperanza Guardado, Óscar Corrales, Enrique Asenjo, Estefanía Rueda.

ClaudioSH

Claudio es psicólogo. No se encuentra mucho en eso de ser cinéfilo. Ni menos, amante del cine: ve películas porque está acostumbrado, porque no es demasiado caro y porque, tal vez, fue lo único que se le ocurrió hacer con el tiempo que le queda disponible.