Reseña: Phantom Thread – El polvo bajo la alfombra del amor.

Usted, sí, usted que está leyendo esto, le hago esta pregunta: ¿se ha enamorado?.

Perdone si le saco una costra, pero mi intención es otra. Quiero que piense en el estado de amar, en esa condición, actual o pasada. Porque es muy probable que recuerdos y sensaciones vengan a usted que le responden esta pregunta y es que básicamente el amor se construye y se define por esos momentos, a veces tan universales y a la vez tan íntimos. Cosas que se dijeron y otras que se quedan archivadas hasta que una alcoholizada nostalgia las desempolva.

¿Y a qué voy con esto? Es que El Hilo Fantasma (Phantom Thread) es una historia de amor, desde el que siente un artista por su oficio hasta el que vive una pareja y sus complejidades.

Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis) es el diseñador de vestidos más apetecido de la escena glamorosa en un Londres de los años 50s. En su estudio, que administra junto a su hermana Cyril (Lesley Manville), la clientela parte desde la alta sociedad europea hasta princesas francesas a las que ha vestido toda la vida. En esta vida de “alta costura”, Woodcock, le otorga poco y nada de tiempo a su vida personal, en específico, amorosa. Lo que lo ha vuelto un soltero “codiciado” o mejor dicho: un buen partido. Pero esta antipatía con el cucharón comienza a declinar cuando, en un paseo a su casa de campo, se detiene a comer a un pequeño restaurante donde encuentra a su Alma. Su musa y también lo que quizás había perdido. Esta joven camarera (Vicky Krieps) es la que llega a la vida del diseñador para desarmarlo y amarlo.

De ahí en adelante, la historia se basa en la relación de ambos, de hecho, la que Alma trata de sobrellevar con Woodcock. Porque el tipo no es fácil, porque es un hombre metódico, maniático empedernido con su trabajo: su arte. Poco a poco ella comienza a notar que él la ve como su musa, como el ser perfecto que parecía buscar toda su vida, que lo inspira…pero quizás no la ama. O no como ella quisiera. Y es que así son estos genios, o así los muestra Paul Thomas Anderson, que ya se ha mentido con megalomaniacos como el magnate petrolero Daniel Plainview (Petroleo Sangriento). Sus formas de demostrar amor no son más que actos egoistas para conseguir lo que buscan, nunca con un desinterés personal en pro del otro.

Quizás por eso que con la llegada de Alma, Woodcock cree encontrar el amor: ella es el modelo perfecto. Hombros perfectos, pechos perfectos, vientre perfecto. El maniquí ideal.

Pero ella es más que una forma.

Alma comprende que el vestuarista no es más que un niño rodeado de mujeres que suplen la falta de la madre ausente. A ratos me recordó otro personaje, en una película muy olvidable, donde Day-Lewis también era un niño en cuerpo de gigoló: Nine, inspirada en 8 1/2 de Fellini, donde hace de Guido, un director cobijado por todos los arquetipos femeninos que uno pudiese imaginar.

Este niño, con una madre como fantasma en su vida, es lo que comienza a ver Alma. Es lo que quiere y lo que busca. Con métodos totalmente cuestionables logra que él busque “necesitarla”. Y seamos sinceros: todos queremos que nos cuiden. Un dicho bastante enfermo dice que “un hombre solo cambia de teta”. Finalmente, la musa tiene más que una utilidad creativa para el artista: se vuelve una necesidad vital.

Esta es una historia de los secretos del amor: el amor de Reynolds por su arte, por su madre, su hermana, por Alma y cómo logran hacer funcionar su relación a raíz de un secreto.

Secretos que sólo los involucrados conocen, que nacen en la intimidad y el silencio (primordiales para él), que convierte al aparato que oculta esos misterios en algo único.

Ficha.

Dirección: Paul Thomas Anderson.

Guión: Paul Thomas Anderson.

Música: Jonny Greenwood.

Fotografía: Paul Thomas Anderson.

Reparto: Daniel Day-Lewis, Vicky Krieps, Lesley Manville, Richard Graham, Bern Collaco,Jane Perry, Camilla Rutherford, Pip Phillips, Dave Simon, Ingrid Sophie Schram.

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Alejandro Aravena
aaravena.ale@gmail.com

Publicista porque quería hacer comerciales ya que era lo más cerca a hacer cine, sin estudiarlo y morir de hambre (según su vieja). Se hizo cargo de las ideas y reflexiones que tenía viendo películas y decidió estudiar un diplomado de Teoría y Crítica de Cine. De ahí, todo lo que ha pasado lo tiene aquí, fluyendo.

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