Reseña: Roma – Jauja

Roma no es otra cosa que una transliteración del propio director, la confirmación hecha película de una intuición que a veces le supura como nada. Porque el recuerdo tanto duele como consuela.

 

Uno de los efectos más inmediatos que tuvo el estreno de Roma –junto con el interminable preámbulo que pavimentó su lanzamiento– fue su capacidad de sacudir por completo a cierto sector de la opinión pública especializada. Por primera vez en bastante tiempo, una película podía ser capaz de concitar la atención más allá de sus méritos propios como síntesis cultural o producto de consumo. Lo cual no es muy extraño considerando las condiciones ciertamente inusuales de su llegada: película del Tercer Mundo financiada por un servicio online multimillonario y multitudinario, deseoso de ostentar calidad en su oferta programática (no hace mucho alguien decía que Netflix era el Wallmart del streaming), que mantuvo constantes disputas con los representantes de las formas tradicionales de consumir cine, que fue honorada con una exhibición rimbombante y galardonada en el Festival de Venecia (León de Oro de por medio). El acontecimiento que ha supuesto Roma ha sido francamente indiscutible y a la fecha sigue acumulando miradas, críticas, enfoques, además de exegetas, detractores y aduladores en proporciones parecidas. De hecho, pocas veces se han visto tantas columnas dedicadas a resolver –o desacreditar– sus posibles bondades. Desde un Guillermo del Toro twitero y pedagógico hasta un Slajoj Zizek pitoniso y disidente, las interpretaciones del filme sólo son comparables con el grado de depuración a la que seguramente fue sometido todo su proceso de producción.

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Y bueno, dentro de todo este vendaval de voces y tonos en torno al filme, quizá sea útil volver al propio director y a la obsesión que éste persigue: porque Roma parte de la propia historia personal de Cuarón en tanto retoño privilegiado de cierta élite intelectual urbana mexicana capitalina. Al tiempo que también entraña, en términos de su propia filmografía, el retorno al país de origen: un Distrito Federal vertiginoso e idealizado por el recuerdo de la infancia. Orientado desde el deseo de filmar aquello que conocimos cuando fuimos lo que ya no.

Este antecedente no es menor si se atiende a que Roma puede ser justamente una película que se articula ante lo que Mircea Eliade explicita en El mito del eterno retorno. Arquetipos y repetición (1949) y su forma de caracterizar ciertos rasgos de las sociedades arcaicas. Que no es sino esa pulsión que retrotrae permanentemente a los sujetos hacia aquello que les dio forma primigenia en aquél primer tiempo mítico. En este caso, la infancia mexicana del hogar seguro y de quién, ante todo, la encarnó acompañándola estoicamente. Alfonso Cuarón es financiado por sus mecenas del streaming para permitirse –tal vez por un sentido de la oportunidad mezclado con necesidad personal– volver a su país de las maravillas, un territorio idílico que, apuntalado por sus condiciones de producción, permite la expresión total de una reminiscencia en él omnipresente. Desde su puesta en escena pero también desde la diletancia versátil de un director que las oficia de fotógrafo, guionista y quizá cuantas cosas más.

Ahora bien, constatemos un hecho: Cuarón vuelve a México (a pesar de que sus películas de hecho tengan mucho que ver con las formas del propio retorno). Aunque también podría sernos útil volver junto con él a su película más típicamente local y más originalmente iniciática: Y tu mama también(2001). Y no solamente por trazar una línea de lectura original y antojadiza, sino porque el mismo director sitúa esta película en su forma de poder quizá pensar a Roma en tanto eslabón de una trayectoria. En tanto repetición de la primera aparición que inaugura el mito. Porque justamente el modo en que podríamos emparentar ambas películas permite, de alguna manera, navegar sin distracciones entre el tumulto que su última película ha provocado.

Ambas películas, podríamos decir, se articulan desde la idea del viaje como experiencia iniciática pero también transformadora y epifánica: Y tu mama también nos coloca en el recorrido en cuatro ruedas de dos adolescentes acaudalados (Diego Luna y Gael García Bernal) impetuosos y febrilmente erotizados por un México que a veces, cuando no están preocupados por sus propias feromonas, observan desde la ventana trasera: un espacio salvaje, audaz y recóndito, prolífico en una serie de experiencias que a ellos, cómodos en sus casas con aire acondicionado, tristemente se les escapa. En una coordenada semejante, cuando Cleo (Yalitza Aparicio), criada, mixteca, mujer, soltera, inicia un recorrido –en este caso por el México profundo y marginal– para dar con un hombre desaparecido, o cuando las circunstancias de su servidumbre (¿voluntaria?), van paulatinamente metamorfoseando la manera de cómo, ella misma, se va reposicionando respecto de quienes la vemos pero también respecto de las categorías que la entienden en su contexto. Jóvenes que quieren creerse adultos sin necesariamente saber cómo serlo; mujeres que quieren satisfacer expectativas sin necesariamente pensar en las formas que las confinan ahí, ambos personajes son rehenes de circunstancias que en algún momento terminan por exceder de manera voluntaria. Porque la vida, para ellos, es el viaje que implica descubrir que el universo que conocen está cercado por unos límites que les pusieron ahí sujetos que no conocen y a quienes no pueden plantearles queja alguna, pero que cuando se permiten correr esas fronteras, se encuentran con la tragedia de un universo voraz que intenta tragarlos sin contemplación.

Pero también, hay algo que, tal vez como el mismo Cuarón en su periplo chilango, no puede pasar por alto: y que tiene que ver con la forma que tenemos todos, mal que mal, de volver a esos lugares donde amamos la vida, o donde, al fin y al cabo, decidimos declararlos como patria. Ese lugar de descanso o repliegue que no incluye, en palabras de Vargas Llosani las banderas ni a los himnos, ni a los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino que a un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver. Cleo retorna (creemos que transformada) al mismo lugar desde donde sale, Tenoch y Julio vuelven distintos al mismo lugar que los verá separarse (nos parece) por siempre jamás. Cuaron vuelve a México tal vez porque también se da cuenta, como todos sus personajes, que volver distinto al lugar de origen es la única manera concreta de no defraudarse. Una idea que tal vez recorre a gran parte de todo el exilio latinoamericano, pero que también encarna su propia filmografía.

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En ese sentido, Roma no es otra cosa que una transliteración del propio director, la confirmación hecha película de una intuición que a veces le supura como nada. Porque el recuerdo tanto duele como consuela. Es, a la larga, una manera de hacerse personaje de sus propias historias, hechas a la medida de hombres y mujeres que vuelven distintos al mismo lugar en que los encontramos al inicio de las películas que protagonizan. Un lugar que, como dice Joan Didion, así es y será siempre: un verdadero mundo sin fin.

Por lo tanto, Roma es el escenario vigoroso de un retrato del pasado, hecho presente con los ingredientes que el recuerdo es capaz de arrebatarle a esa insistente tendencia de volver a tientas hacia eso que pensamos que nos hizo. Y de ahí que su ambigüedad en tanto película se extienda a todos los confines que alcanza, porque la supuesta negación o el poco interés en develar su propio afán provocador tal vez es su mayor mérito. Ahí cuando su ambigüedad ideológica –¿Es legítimo filmar la institución de la esclavitud moderna teñida de afecto?– su estetización formal –¿Es correcto filmar con tanto detalle una película que podemos ver en el teléfono?–  y su correlato personal –¿En qué medida una película se libera del juicio cuando convive con el testimonio personal, con el punto de vista?– la conviertan en una obra indiscutidamente conmovedora, ideológicamente contradictoria, emocionalmente demandante, y audiovisualmente elegíaca. Y trascendental, si me apuro.

 

Reseña de Roma

 

Roma (2018, 137 min.) Alfonso Cuarón, México
Yalitza Aparicio, Marina de Tavira, Jorge Antonio Guerrero, Nancy García

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ClaudioSH
claudio.s.herrera@gmail.com

Claudio es psicólogo. Reparte su tiempo entre hacer clases, ver cine y lograr terminar un Magister. Le interesan mucho las películas de países a los cuales siempre es caro –e improbable- encontrar vuelos directos. Aunque también valora en su justa medida a todo lo que pueda verse en multisalas acompañado de bebidas extra grandes o nachos con queso. No se encuentra mucho en eso de ser cinéfilo. Ni menos, amante del cine: ve películas porque está acostumbrado, porque no es demasiado caro y porque, tal vez, fue lo único que se le ocurrió hacer con el poco tiempo que le queda libre.

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