Reseña: Solo, a Star Wars story – La estrella se cree la muerte

El rimbombante estreno mundial de Suicide Squad (2016) vino antecedido por casi un año completo de adelantos, noticias del rodaje, noticias fuera del rodaje, entrevistas, opiniones, impresiones, twiteos, adelantos, making-offs, teasers, trailers, spoilers, hashtags, y toda una avalancha de entretelones más y menos relevantes sobre lo que en ese momento se avecinaba como una película bombástica, destinada a ser un éxito rotundo e indiscutible de crítica y audiencia. En parte, por el anticipado, requetecontra anunciado, ultra-esperado e hiper-masificado retorno de The Jocker como centro y motor de la acción. En este caso puntual, interpretado por Jared Leto, reciente y flamante ganador del Oscar a Mejor Actor.

Claramente, Suicide Squad fue una película indiscutidamente laxa, narrativamente estéril, de filmación apresurada y muy irregular, que terminó avasallada por la estridencia que despertaron todas esas expectativas que se hicieron circular en torno a ella. Pero también –y no es menor mencionarlo– por la intromisión del estudio y la producción en el inicio y desarrollo del rodaje. En el fondo, podríamos decir que Suicide Squad, con sus más de 35 trailers disponibles en Youtube y la exposición mediática que acompañó su proceso, fue un mero rumor, un ruido de sables o un canto de sirenas, antes que una película.

El entusiasmo, en ocasiones, se vuelve boicot.

Por otra parte Solo, guardando las proporciones, es una cinta que por fortuna recibió menor atención mediática previa –tal vez Suicide Squad también fue una lección aprendida– pero que, a su modo, carga con una herencia que en sí misma es desafío. Continuar con la franquicia intergaláctica pareciera ser, para industrias acostumbradas a manufacturar películas como si fueran embutidos, un mero trámite. Sin embargo, uno de los fenómenos más relevantes y lucrativos de la cultura pop de las últimas décadas –con perdón de la mitología Marvel– precisa necesariamente del manejo ágil de una horda opinante y susceptible a cualquier elemento que contravenga los límites estéticos, religiosos y legendarios del Universo Extendido de Star Wars.

En este sentido, tal vez deberíamos volver a poner los pies en la tierra y pensar en Solo bueno, como lo que es: un mero spin off. Una historia de Star Wars como las decenas de historias de Star Wars que se avecinan en un futuro próximo. Sólo así va a ser posible ponderar sus virtudes y defectos con relativa parsimonia. Así, de paso, pasamos por alto las noticias recientes que ya festinan con su “pobre” recaudación.

Nuevamente: las expectativas.

Sin más rodeos, vamos a la historia: el primer plano de Solo nos presenta a este Han (Alden Ehrenreich) refrescado y juvenil. Literalmente, solo. Es mercenario, roba por encargo y maneja un cacharro en Corellia, un planeta corrompido y venido a menos. Por más que queramos, no podemos pasar por alto el imaginario que sugiere la primera secuencia concretamente de acción en la película: la escabullida motorizada del protagonista, al estilo de un Jason Statham, en este caso, muy dueño de sí mismo. Como si la historia completa de este Han Solo que la película se esmera en reconstruir no sólo partiera con una síntesis, en esa secuencia, de la personalidad del protagonista, sino que también comportando un guiño paródico, digno de homenaje en clave cine B, a esa entrañable carrera de Pods del pequeño Anakin Skywalker en la recordada pero incomprendida (o tal vez fallida) Phantom Menace (1999).

Ahora bien, el Han Solo versión siglo XXI es astuto, campechano y objetivamente tránsfugo, y por tanto, su épica heroica está rodeada de escombros y autos destartalados que se descomponen cuando más se les necesita. En este caso, justo cuando escapa con Qi’ra (Emilia Clarke), amante prófuga devenida en cómplice enigmática, con quien Solo desarrollará uno de los nudos conflictivos que la historia desplegará y con quien comparte ese prólogo presentable y clarificador, aunque más bien ajeno a las sorpresas.

De ahí en adelante, Solo progresa favorablemente en una historia con –hay que decirlo– evidentes altibajos narrativos o formales, y que en parte se pueden explicar en razón de su accidentada posproducción. No es ningún misterio el despido de los directores originales y los efectos que esto tiene en etapa de producción del material final. En ese sentido, que haya sido Ron Howard el realizador que haya continuado con el proyecto –un director señero, hábil y últimamente eficaz en la adaptación de thillers, aunque con un pasado quizá más glorioso que la trepidante acción efímera que aparece en sus recientes trabajos– constata esa ruptura en el desarrollo de una historia irregular y hasta cierto punto partida en dos. Porque es bastante posible que la primera mitad tambalee y titubee en la misma medida que la segunda parte vuelva a calibrarse y a exhibir atributos para la entretención y la aventura. Y quizá una que otra pequeña gran idea. Howard no será un director particularmente de culto, pero su reputación –avalada por el Oscar por A Beautiful Mind (2001)– está basada justamente en el hecho que su mano consigue que aquello que cuenta, durante el tiempo que lo hace, nos importe.

Ahora bien, las lecturas de en torno a Solo pueden ser bastantes; proporcionales al grado de entendimiento del espectador fanatizado respecto del universo Star Wars. Sin embargo, sí es muy atractivo para el espectador promedio ver cómo la película termina hilvanando cosas que la malograda Suicide Squad del principio ni siquiera se atisbó a sugerir. A propósito de que juegan, en cierto modo, con las mismas ideas. Por ejemplo, cuando atendemos a la idea que nos sugiere la trayectoria del personaje, que no es otra cosa que una crónica sobre la propia ambivalencia de Han Solo, ese forajido tan bueno de corazón que, empeñado en creerse malvado, no se percata de su propia moral justiciera. Como si fuese un púber disfrazado de adulto jugando a ser el intrépido. O cuando el imaginario del póker –diversión bohemia y asociada a la sospecha en la que resulta hábil un interesante Lando Calrissian (Donald Glover) – nos sugiere un contexto en donde jugar sucio es, quizá, la única manera de jugar limpio. Y donde el ladrón que descubre al ladrón tiene cien años de perdón.

Con el tiempo, sí, es posible que Solo pase más tarde que temprano al olvido o al menos a la segunda línea. Aunque tal vez no: porque, de hecho, aún no se nos olvidan todas esas chambonadas de algunas de sus discutibles trilogías de fin de siglo. Sin embargo, pareciese que el interés de la maquinaria Lucasfilm más bien sea proponer y consolidar la posibilidad de que Star Wars, más que una franquicia o más que una leyenda, se vuelva una plantilla para que los actores, a lo largo del tiempo, representen el universo por toda la eternidad. En un loop interplanetario sin principio ni final. Tal como la obra teatral shakesperiana más connotada, montada y universal posible: en donde más allá de los actores, sus excusas, sus parlamentos o sus menudencias, lo que importe sea el peso y la herencia transmitible que esos sujetos, presentes y futuros, se encargarán de mantener a flote.

Solo: a Star Wars Story (2018, 135 mins.) Ron Howard, Estados Unidos
Alden Ehrenreich, Emilia Clarke, Doald Glover, Woody Harrelson, Thandie Newton, Paul Bettany

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Por

ClaudioSH
ClaudioSHEditor y director
Claudio Herrera es psicólogo. Reparte su tiempo entre hacer clases, ver cine y lograr terminar un Magister. Le interesan mucho las películas de países a los cuales siempre es caro –e improbable- encontrar vuelos directos. Aunque también valora en su justa medida a todo lo que pueda verse en multisalas acompañado de bebidas extra grandes o nachos con queso. No se encuentra mucho en eso de ser cinéfilo. Ni menos, amante del cine: ve películas porque está acostumbrado, porque no es demasiado caro y porque, tal vez, fue lo único que se le ocurrió hacer con el poco tiempo que le queda libre.


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