Reseña: The Florida Project – Niñez fuera de foco

¿Cómo se sentirá que la mayoría de las personas que uno conoce, para hablarte, tengan que inclinarse lo suficiente para poder llegar a tu altura? Prácticamente todos los niños, en su interacción con las personas del mundo que los rodea, deben resolver este problema de orden práctico: cómo mirar a los ojos a quienes debieran ser quienes los cuidan. Porque el contacto visual con los adultos implica que estos, siempre y necesariamente, tengan que bajar o agacharse para mirarlos. Es un detalle doméstico, pero no menor precisamente porque ver el mundo desde más del metro setenta –altura promedio desde la cual están hechas la mayoría de las cosas en una casa o en la ciudad– debe ser bien distinta a mirarlas desde menos del metro treinta o veinte, ya que la mayoría de las cosas no están diseñadas para mirarlas desde ahí. Es cosa de pensar en un semáforo o en los picaportes de las puertas: a los niños les quedan grandes.

Puestas así las cosas, podría decirse que el adulto mira el mundo desde donde este se encuentra, mientras el niño se las arregla para mirarlo desde debajo de donde ese mundo, desafortunadamente para él, se le aparece. De ahí quizá la genialidad de una fábula mítica como Los viajes de Gulliver (1726): este adulto que se agiganta sólo puede ser mirado por los liliputienses desde las suelas de sus zapatos. Quienes, para someterlo, sólo pueden conseguirlo en la medida que se unen todos para ese propósito. O los cuentos populares acerca de los enanos: adultos que envejecen al tiempo que se quedan del tamaño de los niños.

Atendiendo a esta noción (y los juegos a los cuales los tamaños de las cosas nos someten) la propuesta de Sean Baker en The Florida Project, primero que todo, parte por sincerar el lugar de su cámara: a él le interesa la perspectiva espacial de la infancia. La primera secuencia sitúa a sus protagonistas, Monnee (Brooklyn Price) y su compañero de aventuras, Scooty (Christopher Rivera), arrojados en el asfalto de un hotel económico de paso por la carretera. La pareja –intuimos– trama algo. Ambos suben al segundo piso del edificio para, desde ahí, lanzar escupitajos a mansalva dirigidos sin mucha premeditación al vehículo estacionado de algún inquilino adulto nuevo.

Décadas atrás, un antropólogo que estudiaba las costumbres enigmáticas de culturas foráneas, Marvin Harris, desafía en Vacas, cerdos, guerras y brujas (1981) a los norteamericanos a repensar el lugar de vaca sagrada que los automóviles tienen en las culturas occidentales. Tal vez una forma de empezar a hacerlo parta desde escupirles a destajo.

Moonee y Scooty probablemente sólo quieran divertirse a expensas de esta travesura, pero Baker también define en esta fechoría anodina el tono de su propuesta. Porque The Florida Project es precisamente un escupitajo a la carrocería reluciente de una ciudad eternamente estival: Florida, el Estado del Sol resplandeciente. Un viaje a las bambalinas de un teatro embellecido que huele a podrido.

Moonee, por cierto, es muy niña y reside en ese hotel en el cual la gente se queda por poco tiempo. Está a cargo de Halley (Bria Vinaite), una mujer mordaz aunque esclavizada por el consumo. Peligrosamente parecida a la niña a quien se le encomendó la responsabilidad de cuidar. Juntas se alimentan de las sobras de la comida rápida que consiguen, se acuestan a ver los programas que la televisión les presenta y escuchan, cuando pueden, los ritmos de moda del momento. Son tiempos de Trap y twerk: combinación irresistible. Halley tiene problemas para mantener los trabajos a los que postula y, simultáneamente, le cuesta demasiado administrar los pocos dólares que el Servicio Social le otorga. De hecho, muchas veces desconocemos el origen de los fajos de billetes con los cuales paga un arriendo siempre atrasado. Lo que más destaca de este personaje es la curiosa proporcionalidad entre la naturalidad del afecto que le dispensa a Moonee y las extraordinarias condiciones de precariedad que tiene que asumir y, cómo no, resolver. Vale decir, quiere mucho, pero padece otro tanto. Las preguntas, para su caso, nos sobran: ¿Cuán posible es administrar, gestionar, definir y organizar el mundo cuando no tienes ni cocina? ¿Cómo se resuelven las necesidades cuando no resultan ni los esfuerzos para satisfacerlas? ¿No será que hemos vivido engañados y, al fin y al cabo, algunos adultos no son más que niños disfrazados de mayores?

Baker es directo en presentar estas fragilidades sin ningún tipo de aspavientos o concesiones. No es que exponga las miserias con afán voyeurista ni tampoco desde algun tipo de sensibilidad aséptica. Ni menos desde el humanismo bienintencionado. El director pareciera recurrir a cierto “naturalismo” (neorrealismo, le llamaban hace décadas) que tiene tanto de denuncia expresiva como de crónica social. El director acierta porque conmueve y nos sacude la conciencia frente al desamparo, la precariedad, el riesgo y la casi inevitable negligencia que se le acompaña. Esta es una película que conmueve en lo que muestra, sorprende por lo que apuesta y exuda la más descarnada pero a la vez dignificante humanidad.

En consecuencia, frente a la precariedad, llaman la atención, en toda su calculada puesta en escena, las sucesivas ausencias que el film hace presente –porque medir el valor de una película también debiese tener que ver con identificar aquello que, deliberadamente, se decide omitir para incomodarnos con lo pendiente de dicha falta–. En este sentido, no es casual situar las peripecias de Moonee en Florida, ese lugar irreal donde siempre son vacaciones. En este paraíso terrenal, Baker apuesta por eludir las estrategias de encasillamiento de la infancia, alejándose de las expectativas que podrían demandar algunas exigencias propiamente neoliberales, como la necesidad de productivizar el tiempo o, incluso, el mandato por escolarizarlo. Aquí la itinerancia sin estructura de los niños –ese “no estar haciendo nada” que persigue todo el metraje– es quizá una de las formas más significativas de, paradójicamente, extraerle algo a ese tiempo que se les disipa. Por lo tanto, no es casual que no haya alusión a escuela alguna, acaso una de las grandes instituciones ausentes del relato. “Y estos niños ¿Están de vacaciones?” Pareciera preguntarse el espectador. Su ausencia, además de misteriosa, es tal vez una declaración de principios acerca de la libertad implicada en el uso del tiempo.

Una segunda, más evidente, remite a la relativa desaparición de los referentes simbólicos principales de los protagonistas. En definitiva, la pregunta por padres y su lugar allí ¿Tampoco están? ¿O están pero decidieron largarse? Omitir a los padres y en menor medida a las madres –muchas veces del relato pero también limitando su presencia en todo el metraje– no es sólo una decisión estilística o narrativa del director, sino que también es el modo de hacer constatable un problema no sólo de la precariedad, sino que del mismo sistema que la propone. De ahí que la contenida y deferente interpretación de Bobby (Willem Dafoe) sea tan silenciosamente apabullante: su rol es libre y subrepticio pero siempre nos tranquiliza cuando más lo necesitamos. Dafoe viene a ser un sujeto fracturado y justamente atribulado con su propia paternidad, pero que logra ser uno de los únicos personajes capaces de cumplir con su objetivo: acompañar con su ausencia mentirosa, controlar con su mirada de vigía, resolver cuando siente que se le exige. En el fondo, atestiguar el recorrido de esta infancia con una disposición amistosa, deferente y siempre lo suficientemente distanciada para contemplarla en su conjunto. Dafoe es un logro interpretativo pero también es una interpelación a pensar la propia condición de tener descendencia: una paternidad/maternidad de héroes caídos oprimidos por el contexto de una maquinaria hipermoderna que tal vez no soportan del mismo modo que sus propios padres o que los padres de estos padres.

A todas luces, The Florida Project ciertamente es una cinta compleja por las contradicciones que encarna: la principal de todas, constatable en las nociones que sugiere cuando propone una niñez idealizada obsoleta, aunque reconstruida por la arremetida de otra infancia que contradice esas nociones anquilosadas, invisibilizadoras y románticas que infructuosamente la buscan entender. Desde esta concepción, la infancia de Moonee es salvaje pero astuta, expuesta pero soberana, frágil pero resiliente: una niñez tan necesitada de soportes simbólicos como dueña voluntariosa de la propia transformación de su destino. Tan insondable y onírica como la secuencia final que viene a coronar esta película sencillamente impecable.

The Florida Project (2017, 112 mins.) Sean Baker, Estados Unidos
Brooklynn Price, Willem Dafoe, Caleb Landry Jones, Christopher Rivera, Bria Vinaite

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Por

ClaudioSH
ClaudioSHEditor y director
Claudio Herrera es psicólogo. Reparte su tiempo entre hacer clases, ver cine y lograr terminar un Magister. Le interesan mucho las películas de países a los cuales siempre es caro –e improbable- encontrar vuelos directos. Aunque también valora en su justa medida a todo lo que pueda verse en multisalas acompañado de bebidas extra grandes o nachos con queso. No se encuentra mucho en eso de ser cinéfilo. Ni menos, amante del cine: ve películas porque está acostumbrado, porque no es demasiado caro y porque, tal vez, fue lo único que se le ocurrió hacer con el poco tiempo que le queda libre.


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