Reseña: The Insult (L’insult) – La palabra que el viento no se lleva

Ataviada por la dificultad de resolver una historia de conflictos que los enmaraña constantemente, The Insult, en este sentido, no pasa por alto lo que no debe

 

El 19 de Abril de 2017, un diputado de la República de Chile, en una sesión ordinaria del Congreso Nacional donde se debatía entre la mantención o el retiro de compensaciones económicas para los exiliados chilenos víctimas de la Dictadura, calificó a dichos beneficiarios de “terroristas”. Su comentario, junto con exhibir el temor persecutorio y virulento de un hombre más asediado por fantasmas que realmente en condiciones de articular una diferencia de opinión, sugiere un talante tendencioso que desacreditó, en el acto, su funesta intervención. Lo suficiente como para no ser, siquiera, tomada como argumento digno de discusión legislativa. El adjetivo enardeció a quienes, con muy legítimas razones, representan parte de esa susceptibilidad en la Cámara de Diputados. También fue material de discusión televisiva, comidillo de sobremesas opinantes y carne fresca para el deleite ideológico del mes.

Y quizá también refleje, de manera semejante, el conflicto central del que parte la tensión dramática en The Insult –película libanesa nominada al Oscar a Película de Habla No Inglesa en 2018 y parte de la Selección Oficial en Venecia durante 2017–. A propósito de un comentario casual pero venenoso, proferido en una discusión tan habitual como irresoluble. Una alusión incendiaria (convengamos que descontextualizada) que activa aquello que solemos olvidar, pero que nunca se va.

Ese campo de batalla que, de vez en cuando, nos acordamos que nos confronta.

Tal vez sea demasiado majadero mencionarlo –porque en esta película, muchas cosas lo son– pero los referentes simbólicos del sujeto que emite el comentario en cuestión (“Ojalá Ariel Sharon hubiera acabado con ustedes”, refiriéndose a los palestinos) son bastante propios de una forma de entender el mundo: la providencia protectora de una religión en la que sostenerse, la seguridad inquebrantable de un líder que nos gobierna, la presencia de una familia en ciernes a quien poder defender.

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Veamos: Tony Hana (Adel Karan) es hombre, cristiano y local en su país: el Líbano. Trabaja en lo que llamaríamos una vulcanización, a un par de cuadras de su casa; en un departamento en el tercer piso de una calle que puede ver y vigilar desde la comodidad de su balcón. Por otra parte, en esa calle se realizan arreglos viales comandados por un capataz extranjero, Yasser (Kamel El Basha). Un sujeto parco, envejecido y con rostro sospechoso: no habla el idioma local como debería y vive en un campamento de refugiados. Esa gente que viene a vivir acá desde otros lugares. En este caso, Palestina, nación que tiene la característica de mantener a una de sus diásporas más numerosas viviendo, justamente, en Chile.

El conflicto estalla en ellos a propósito de una fricción: miradas de reojo que dan paso a malos entendidos que dan paso a palabrotas que dan paso a golpizas que dan paso a un litigio que adquiere, en muy poco tiempo, proporciones nacionales. Pareciera que todo el mundo se encuentra esperando ese pretexto que ponga en peligro todo el orden conocido. O que el paso, desde lo insignificantemente privado hacia lo multitudinariamente público, sea mera cuestión de tiempo.

En este sentido, The Insult es bastante pedagógica en darse el tiempo de explicarle al espectador tanto los hechos como los antecedentes que los justifican. Y no sólo de los personajes principales, sino del contexto socio-histórico en donde debemos situarnos: Medio Oriente y sus beligerancias. Al mismo tiempo, se vale de las convenciones del género jurídico para compartimentarnos la información de manera secuencial, causal y distribuida ordenadamente entre los alegatos de los litigantes, que van a juicio debido al conflicto. Hana, por una parte, acusando al ciudadano palestino de utilizar la violencia física y de recurrir a su supuesto lugar de víctima histórica para salir impune. Yasser, en tanto, al ser más discreto, se nos presenta como un tipo más bien receloso de lo que dice. Tal vez, las palabras le pesan. Y no sólo por alguna disposición de su propio carácter, sino que a propósito de cierta noción ética que lo posiciona respecto del honor y el dolor.

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Decía Ivan Jablonka, en Laëtitia y el fin de los hombres (un texto, hay que decirlo, urgente, vigoroso e iluminador) que el suceso noticioso –entendido como un evento inesperado que es comidillo de masas por su capacidad identificatoria de conectar lo cotidiano con lo sorprendente– es un prisma donde se pueden observar las fracturas de lo social. Y también, una manera de emocionar a las personas, pero también de hablar de ellas. En efecto, un suceso es también un acontecimiento que debería mirarse social y políticamente, porque habla más de las comunidades que de los sujetos que las forman, y más de las estructuras sociales que de las relaciones que ahí se dan.

Entonces, la cañería rota, el puñetazo en el estómago y la ofensa posterior son justamente tres excusas que permiten constatar fracturas en el dique simbólico de una nación aprisionada por la tentación de un fundamentalismo peligroso y recalcitrante. Ataviado por la dificultad de resolver una historia de conflictos que los enmaraña constantemente. The Insult, en este sentido, no pasa por alto lo que no debe: la matanza palestina de Sabra y Chatila perpetrada por la Falange Libanesa –facción ultra-nacionalista y cristiana– en 1982, o la masacre de Damour, ciudad libanesa atacada por facciones de la Organización para la Liberación Palestina, en 1976. Todos estos, conflictos que no caben en estas descripciones y que, inevitablemente, pavimentaron ese laberinto pavoroso que significó la Guerra Civil Libanesa (1975-1990).

No es casual que el género jurídico le permita a la película explicitar los acontecimientos del litigio de los personajes a propósito del insulto que la titula, sino que pareciese que es ése el único dispositivo disponible para poder atar los cabos sueltos. En ese sentido, The Insult quizá peque de esquemática, pero más por las características del contexto que la origina que por alguna concesión al espectador. Como si la ficción pudiese ser una forma más de exorcizar pero también de conferir un sentido aun perdido. Y en este caso, no defrauda, porque otorga una puerta de entrada hacia un conflicto al que, mal que mal, siempre estaremos condenados a comprender desde algún lugar. Porque Medio Oriente no debiese ser reducido a las caricaturas sobre la espectacularización de la miseria, o a las explosiones que vemos en los desiertos que supuestamente lo representan.

Por lo tanto, The Insult se transforma en una apuesta de ágil narrativa que no se avergüenza de su relato más bien lineal, o de ciertos elementos formales que toma del thriller para generar suspenso (música, montaje o composición de los planos). Lo cual también se apuntala por dos meritorias duplas protagónicas (los ligitantes y los abogados que los representan) que antagonizan el drama con una prestancia a la altura del conflicto que mantienen.

Ahora bien, lo que gana en dinamismo tal vez lo pierda en la necesidad constante de contextualizar –y por ende, clarificar demasiado– los entretelones de una historia que interesa por sí misma. Y ahí nos pasa que el mismo formato que utiliza termina resolviendo (aunque reduciendo) el conflicto central.

Aunque tal vez para el realizador sea la única manera de abordar, por ahora, un conflicto que tiene tantas hojas desperdigadas como participantes directos. Un problema que se asoma más grande que las instituciones que existen para contenerlo.

The insult (L’insulte) (2017, 114 mins.) Ziad Doueiri, Líbano

Rita Hayek, Adel Karam, Diamand bou Abboud, Christine Choueiri, Camille Salameh

https://youtu.be/huKZu-YoWoI

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ClaudioSH
claudio.s.herrera@gmail.com

Claudio es psicólogo. Reparte su tiempo entre hacer clases, ver cine y lograr terminar un Magister. Le interesan mucho las películas de países a los cuales siempre es caro –e improbable- encontrar vuelos directos. Aunque también valora en su justa medida a todo lo que pueda verse en multisalas acompañado de bebidas extra grandes o nachos con queso. No se encuentra mucho en eso de ser cinéfilo. Ni menos, amante del cine: ve películas porque está acostumbrado, porque no es demasiado caro y porque, tal vez, fue lo único que se le ocurrió hacer con el poco tiempo que le queda libre.

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