Reseña: The Mule – De la droga que sembramos ustedes son consumidores

Eastwood acá muestra una película tal vez demasiado consistente con su forma de pensar el mundo y con su historial de personajes en el cine, y que por lo tanto queda al debe con hacer extensivas sus reflexiones y movimientos morales a quienes, justamente, tal vez no es tan difícil mostrar que de hecho pueden hacerlo.

Si uno ingresa a Youtube y tipea darin mexicano, de entre los resultados aparece parte de una entrevista que Alejandro Fantino, conductor de televisión, le hizo a Ricardo Darín, el actor trasandino, a propósito del éxito que, en ese entonces, dicho actor amasaba como “Súper Estrella Latina del Momento”. En un momento, Fantino, el presentador platinado, indiscreto y tan seguro de sí mismo, le consulta al porteño sobre las evidentes maravillas que tendría el hecho de aspirar y finalmente formar parte de la industria de Hollywood. Una posibilidad que, a juicio del entrevistador, ya se le abrió hace un tiempo a un actor que –por alguna razón que quiere él develar en la entrevista– éste desaprovecha (es curioso ahí el manejo que el entrevistador tiene de aquél mundo paradisíaco que recita con detalle y casi de memoria). Darín, entonces –con esa retórica pausada y ese juego cadencioso que genera aquél que es capaz de administrar bien el silencio– recoge el guante: le plantea a Fantino el problema práctico de “pensar en otro idioma” y la dificultad que esto conlleva. En suma, le otorga un argumento del propio oficio para desestimar una vida que, a ojos de Fantino, parece una falta de respeto despreciar. A Darín –de acuerdo al personaje que el mismo pone en juego en la entrevista– ni le interesa mucho el Oscar (ya fue una vez) ni le atrajo demasiado la invitación que un productor le hizo para participar en el elenco de Hombre en Llamas (2004), de Tony Scott. Protagonizada por Denzel Washington. Al escuchar esta respuesta, Fantino se permite un desliz sabroso: sin quererlo, pero confiado, replica ¡ah! ¡la del bombero!, para luego corregirse: como si todas las películas con ese actor fueran de bomberos, o como si todas las películas que Fantino ha visto y cree que son importantes de mencionar, sean de bomberos. El tema es que le ofrecieron hacer de narcotraficante mexicano, pero Darín refutó, categórico: como si todos los traficantes fueran latinoamericanos.

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La entrevista es interesante, porque habla más del entrevistador que del entrevistado, y porque sintetiza tal vez demasiados claroscuros en torno a la carrera profesional de un actor en edad laboral: de dónde viene la culpa o el pudor asociado a la ganancia. Cómo se articulan trabajo, vocación y ambición. Cuáles son los límites que uno decide imponerle al éxito. Cuál es la ética en torno a lo que me corresponde (o no) lograr. Todos estos puntos, además, aparecen sintetizados narrativamente en The Mule, la última película de (casi) nonagenario Clint Eastwood.

En ella, el director se calza los zapatos de Earl Stone, un hombre veterano de guerra, jubilado y separado. Un sujeto que en el prólogo del film –por ahí por 2008– se encuentra en la cúspide del éxito que le corresponde a su posición: pese al retiro, sus trabajadores lo respetan porque vende muchos lirios que cultiva en su casa apacible, hermoseada por su flora despampanante. Es, de hecho, un orgulloso hombre público. Diez años después –crisis y globalización mediante– Stone encarna a maltraer los embates de un mercado rapaz que lo dejó a la deriva. Es un sujeto más de los golpeados por la vorágine de la última crisis neoliberal: no sólo por la precarización y volatilización de los mercados, sino también a propósito de la arremetida de una tecnología para la cual él es un aparato en desuso. Podríamos decir que su tragedia cotidiana –común a muchos– se juega en la medida de ser un sujeto paradójico: obsoleto y vigente al mismo tiempo. Un lastre habilitado para trabajar pero imposibilitado de hacerlo a su criterio. Podríamos también decir que, a diferencia del Darín de la entrevista, a Stone supuestamente no se le presenta ningún horizonte de posibilidades en función de su edad avanzada, su condición analfabeta digital y cierta terquedad personal que le deparan cesantía y penurias –¿Qué hubiera pasado si, además, contase con una enfermedad crónica? tal vez Eastwood no quiere hacernos la película realmente dramática–. Ahora bien, la única posibilidad cierta y posible le viene dada por ser precisamente quien es: norteamericano, blanco, ex camionero, y con un expediente al volante intachable. El sujeto perfecto para transportar kilos de droga desde Illinois a cualquier parte de la extensión del territorio estadounidense. Para convertirse, sin mucho rodeo, en una mula tozuda pero cumplidora.

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A partir de esta excusa, Eastwood traza un estudio sosegado, minucioso y eficiente sobre un hombre que se ve ¿obligado? a participar del proceso de circulación de la droga a expensas de su condición de sujeto relegado por el capitalismo especulativo, multinacional y digitalizado. Que no deja de ser una crítica poderosa, desde su propio lugar como apartado de los supuestos beneficios de la economía globalizada. Digamos que la película podría ser el momento en donde Eastwood sintoniza con unos tiempos en donde, simultáneamente, denuncia la fragilidad de su propio lugar enunciativo al tiempo que se dedica a explorar, a su modo, las fisuras de un mundo que también él miraba muy de lejos. Un mundo donde las mujeres manejan motocicletas y los afroamericanos se acomodan en station wagons: donde todos son dueños de manejar sus propios destinos.

The Mule también es una película que propone o juega con cierta ambigüedad moral: principalmente en la decisión de asumir ser parte de un sistema ilícito, clandestino y perjudicial pero de ganancias inmediatas garantizadas. Desde ahí, Easwtood efectivamente se acerca a proponer ciertas ideas en torno al esquema del tráfico y a las posibles razones de sus participantes. Pero más allá de eso, el protagónico de Stone está atravesado por una pregunta aún más crucial: cómo poder resistirse al beneplácito económico fomentado en todo momento por la cultura de la que forma parte. La obstinación del personaje puede ser una posible coordenada de lectura, al ser también un tipo que, pese a su negocio torcido, es capaz de colaborar con caridad hacia otros que lo precisan. Robinhoodeanamente. O es capaz de actuar a contrapelo de un sistema que lo tiene atrapado. ¿Es Earl Stone quien controla su trabajo, o son los otros quienes, desde su posición de control, le permiten creer eso? Desde ese punto de vista, con una puesta en escena tradicional y un lente que lo tiene casi siempre como eje de la acción, Easwtood se acerca dignamente a las contradicciones morales que comporta la precariedad del hombre blanco fagocitado por el sistema al que contribuye con sus impuestos.

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El tema se complica cuando se detiene en un acercamiento miope a las minorías con las que trabaja. Porque el ejercicio narrativamente contundente que garantiza el arco dramático del personaje principal –él mismo–, le permite explorar profundamente las condicionantes de sus decisiones. Cuestión que Eastwood no extiende –ni pareciera interesarle hacerlo– hacia los otros personajes. Por ejemplo, hacia aquellos involucrados directos en el negocio de la droga. Mexicanos, filipinos, chicanos o migrados. Más allá de una escena puntual –que sólo le sirve para recuperar su estampa hegemónica como consejero sempiterno, un hombre que viene de vuelta– los personajes del negocio (por cierto, siempre hombres) están desprovistos de toda ambivalencia moral. Volviendo al inicio, son justamente aquello de lo que Darin se queja en la entrevista: mentes maquiavélicas y un poco barbáricas que sólo persiguen las ganancias en un negocio indiscriminadamente destructivo y per se fatal. Caricaturas intransigentes que chocan contra la pared que ellos mismos edificaron.

Es interesante, desde ese punto de vista, que sólo sea Earl Stone quien, en su calidad de protagónico, tenga la posibilidad de reconstruirse éticamente: de alcanzar la redención. Mientras mira de lejos –o desde las garantías de un debido proceso en razón de su color de piel– a quienes nunca el director nos va a plantear como sujetos que pudiesen tener cierta agencia o margen de acción en torno al tráfico el que forman parte. Este no es un punto menor: hace 30 años atrás, Philippe Bourgois se dio cuenta en En busca de respeto: vendiendo crack en Harlem que las complejidades que se esconden detrás de la decisión de participar en el circuito del tráfico involucran, en principio, territorios específicos, pero también condiciones propias de la condición migrante y de los contextos culturales que dichos destinos de recepción les ofertan a dichos sujetos. Y de cómo también ellos mismos, como sujetos individuales, visualizan su lugar el tráfico: como una espiral ambivalente tan interesante como brutal, de autodestrucción y ejercicio soberano en un contexto precarizado al que no son demasiadas las posibilidades de poder hacer algo distinto. Un lugar del que, a la vez, deciden y no deciden participar. Algo parecido al contexto que apremia a Stone al principio del metraje, con la diferencia que en su caso nos cuentan durante casi dos horas sus motivaciones y cómo resuelve ponerlas en acción. No estamos pidiendo hacer de Clint Eastwood –con lo que significa ser Clint Eastwood– un erudito de la migración (cosa que de hecho sí hizo al menos con mayor tacto en el retrato a veces cándido pero filmográficamente consistente con su personaje en Gran Torino en 2008) sino de poder hacer coherente la debacle que también, como a él, los atraviesa a todos. De ir más allá de la mentalidad policial, a veces estrecha, que los propone como traficantes y sujetos depositarios de la droga atávica.

Este elemento es tal vez el único ripio en una película que articula de manera bastante original la contradicción entre los sujetos y las imágenes que nos hacemos de ellos, al colocar este aditivo como acompañante de las acciones de los personajes. Eastwood acá muestra una película tal vez demasiado consistente con su forma de pensar el mundo y con su historial de personajes en el cine, y que por lo tanto queda al debe con hacer extensivas sus reflexiones y movimientos morales a quienes, justamente, tal vez no es tan difícil mostrar que de hecho pueden hacerlo. Todo el tiempo. Precisamente algo que un tipo argentino en una entrevista televisiva hizo en 10 minutos.

Reseña de The Mule

La Mula (The Mule) (2018, 115, mins.) Clint Eastwood, Estados Unidos
Clint Eatwood, Michael Peña, Alison Eastwood, Taisa Famiga, Dianne Wiest

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ClaudioSH
claudio.s.herrera@gmail.com

Claudio es psicólogo. Reparte su tiempo entre hacer clases, ver cine y lograr terminar un Magister. No se encuentra mucho en eso de ser cinéfilo. Ni menos, amante del cine: ve películas porque está acostumbrado, porque no es demasiado caro y porque, tal vez, fue lo único que se le ocurrió hacer con el poco tiempo que le queda disponible.

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