The Eddy – Todos para uno

Y es ahí cuando The Eddy ciertamente funciona: cuando prefiere abandonar el engolosinamiento con el jazz –del que pareciera que solo Chazelle se entusiasma con filmar desde su pulso fotogénico y tembloroso– y bifurcarse hacia las cuestiones que ocupan a la Francia efervescente.

La primera canción que oímos en The Eddy no suena tan bien como quisieran los integrantes que la interpretan. Algo pasa que la melodía les suena, a falta de otra palabra, deslavada: como fuera del tono, o desapegada de la atmósfera mundana del lugar en donde se escucha. Lo mismo pasa con la voz principal: de hecho, el protagonista –que regenta el bar y que articula el meollo principal esta historia– se lo recalca directamente a Maya (Joanna Kulig), la solista eslava que habla en tres idiomas. A grandes rasgos, la jornada de esa noche en este bar parisino está lejos de ser una completa basura, pero sin duda amenaza con ser lo suficientemente desabrida como para que quienes la escucharon al tiempo se les olvide llegando a la casa.

Ahora bien, todo esto lo sabemos porque The Eddy, al menos en su primer tramo, es una agitada exploración formal sobre cómo puede filmarse el jazz sin traicionar su espíritu, o al menos sin perderse en el intento. A cargo de Damien Chazelle –la marca norteamericana de un cuarteto multicultural de directores–, los primeros dos capítulos de la serie, que sigue al dueño, pero también a quienes orbitan dentro y alrededor del bar y la banda, son un juego insidioso de primeros planos acelerados, cadenciosos y zigzagueantes. Depurando un estilo más majadero y menos orgánico del que lo consolidó en Whiplash (2014) –un enorme tratado sobre la legitimación pedagógica de la autoridad–, Chazelle utiliza su aporte como una sala de ensayo: un laboratorio de formas rimbombantes y afrancesadas, aunque siempre con el vértigo acalorado de un sonido que a cada segundo se reinventa anticipando, desde la posición de la cámara, el porvenir intermitente de los platillos.

Sin embargo, una serie musical como esta, que confía sobriamente en el uso de la banda sonora para acompañar a sus personajes, también se interesa por lo que a estos, detrás o debajo del escenario, los lacera en bambalinas. Porque ese elenco cosmopolita –en donde destaca la templanza estoica de la misma Joanna Kulig que deslumbró en Cold War (2018)– no sólo es el ensamble familiar de la banda a la que seguimos armar y desarmarse, sino que también los vemos como el centro originario desde el que se articulan o desparraman las vivencias materiales de todos sus integrantes: personajes inmigrantes abandonados al talento o la obsesión febril por aferrarse a lo único que encontraron disponible, en este caso, la esperanza del esplendor del aplauso, o la existencia compungida que los acecha cuando despiertan bajo el escenario y se dan cuenta que tienen que acomodarse a una ciudad esplendorosa pero parasitaria, que se alimenta de sus sueños del mismo modo que les escupe los residuos de un multiculturalismo bienhechor que confina a sus aspirantes a los márgenes, y que sólo les ofrece el instrumento musical como oportunidad de redención.

Y es ahí cuando la serie, ciertamente, funciona: cuando prefiere abandonar el engolosinamiento con el jazz –del que pareciera que solo Chazelle se entusiasma con filmar desde su pulso fotogénico y tembloroso– y bifurcarse hacia las cuestiones que ocupan a la Francia efervescente: la migración asimilada en sus conjuntos habitacionales, la exhibición musulmana de ritos religiosos que se despliegan en el medio de Occidente, y la posibilidad de poder estimar desde ahí un modelo problemático de convivencia: una cuestión que a la nación gala –o al menos a muchos de sus filmes– le viene preocupando desde que Entre les murs (2008) ganó en Cannes, o cuando recientemente a Les misérables (2019) se le nominó al Oscar. En ese sentido, la historia en las manos de Houda Benyamina (capítulos 3 y 4) o Laïla Marrakchi (capítulos 5 y 6) se siente genuina, o al menos deferente con el curso de la trama, y no peca de la irregularidad de Chazelle, musicalmente despampanante pero deformado en el curso dramático de unos personajes norteamericanos que padecen unos problemas que no son tan verosímiles como cuando se reflejan en las cámaras de las oriundas del país donde pareciera que a Chazelle sólo le interesa extender el perímetro de su talento fílmico.  Cuestión por lo demás meritoria, pero que dota a la serie de una irregularidad temática que descalibra las texturas de lo que a los personajes les sucede, porque los densifica cuando los presenta en sus costumbres cotidianas o sus fracturas personales, pero les arrebata la densidad cuando aparece la excusa del jazz que sólo entusiasma en su primer tramo, como decíamos, bienvenido en manos de Chazelle, pero desplazado como motivo en quienes se preocupan más por la vivencia que por el instrumento musical que la acompaña.

Esta contingencia genera que la miniserie cuyos realizadores la comentan por streaming al amparo de la Cinemateca Francesa presente irregularidades que coinciden con el ensamble atropellado que la banda filmada manifiesta. Porque son muchas las manos, y más las ideas sobre los temas que deciden sacarse a relucir, ya que cuando unos se logran –la paradójica marginalidad migrada o la tensionante urbanidad parisina– otros pierden densidad, precisamente en esos momentos cuando en la serie las soluciones facilistas se vuelven inmediatas y los problemas tan solucionables como si la serie fuese un telefilme cualquiera. Esta serie, por lo demás, ni lo es ni quiere serlo, aun cuando a veces los arcos de sus personajes coqueteen con un happy ending que por suerte, tampoco da para decepcionarse. En ese sentido, la serie se sacude lo suficiente de sus fallas, y tal vez permita, después de cierto rato, valorar la irregularidad que destilan sus capítulos. Porque, en el fondo, todo ensamble siempre dista de ser perfecto, y porque esa pretendida perfección que se persigue sólo resulta posible cuando nos obsesionamos con lo que estuchamos arriba del escenario. Ilusión que nos enseña que muchas veces el deslumbre precisamente tiene que que ver con esa función catártica de la música, que al menos aquí aparece presente cuando esta es interpretada por unos personajes que, de tanta bohemia, se les descifra la melancólica turbiedad de sus entrañas, desde las cuales emerge un malestar que sólo se repara cuando los músicos, apaleados por Occidente en sus casas subarrendadas, recogen ese objeto musical con el que hacen catarsis y que usan, a la larga, para hablar: justamente de la manera en que las palabras que ellos tienen no les sirven para hacerlo. Mientras eso se pueda presenciar, The Eddy no necesita la perfección para importar y, de vez en cuando, también, para entusiasmar

The Eddy (Miniserie, 8 capítulos)

Director: Damien Chazelle, Houda Benyamina, Laïla Marrakchi,  Alan Poul

Guion: Jack Thorne

Fotografía: Julien Poupard

Elenco: André Holland, Joanna Kulig, Amandla Stenberg, Tahar Rahim, Melissa George, Leïla Bekhti

ClaudioSH

Claudio es psicólogo. Reparte su tiempo entre hacer clases, ver cine y lograr terminar un Magister. No se encuentra mucho en eso de ser cinéfilo. Ni menos, amante del cine: ve películas porque está acostumbrado, porque no es demasiado caro y porque, tal vez, fue lo único que se le ocurrió hacer con el poco tiempo que le queda disponible.