Villa Olímpica: Las voces del desarraigo

Construida para los deportistas que llegaron a las Olimpiadas de México de 1968, la Villa Olímpica (no la de los edificios de Ñuñoa, sino del D.F. mexicano) se constituyó en los setenta en un barrio ocupado mayoritariamente por familias de exiliados chilenos y argentinos.

Por Marisol Aguila Bettancourt.

El escritor, sociólogo, productor, escritor, guionista y director del documental de derechos humanos y destierro “Villa Olímpica” (2022), Sebastián Kohan, inicialmente pensaba hacer una película sobre historias de amor que se habían partido al medio entre distintos países. Su propia historia familiar se caracteriza por estar partida en varias partes y por ser extranjero en diferentes lugares. Su padre argentino y su madre chilena vivieron en clandestinidad en dictadura en los setenta. Apenas nacido en condición de prematuro en Argentina y después de pasar tres meses en incubadora debieron escapar por tierra a Paraguay, permanecieron hasta sus 12 años en México y luego retornaron a Chile en los noventa, donde Sebastián conoció el desarraigo y una sociedad distinta a la que sus padres tanto añoraban durante el exilio.

Pero a medio andar durante la investigación que le tomó un año, en que entrevistó a distintas personas para encontrar una voz coral para su tercer largometraje -después de “Buscando a Panzeri” (2019) y el mediometraje “Nunca para atrás” (2014)-, se dio cuenta de que estaba hablando de la generación de hijos e hijas de exiliados chilenos y argentinos a la que él pertenece, que vivieron en Ciudad de México en los setenta en el complejo habitacional Villa Olímpica, donde fueron creciendo a medida que la dictadura se extendía en el tiempo por 17 años.

“Mi generación no había hablado demasiado de lo que les había pasado”, nos comentó Sebastián Kohan en un diálogo en que señaló que el documental “El edificio de los chilenos” (2020) de Macarena Aguiló es un referente para su trabajo y el cine chileno de memoria, que actúa de bisagra entre las películas sobre la voz de las víctimas directas de violaciones a los derechos humanos en dictadura y sus hijos e hijas, que vivieron sus efectos.

Aunque no se siente representado por la categoría de nacionalidad (tiene la argentina y la chilena, vivió en España y actualmente en México), la historia de los países en que ha vivido ha marcado su quehacer cinematográfico. “La identidad de mi generación se configura no por el lugar de residencia o nacionalidad, sino por la lucha de nuestros padres y por el hecho de ser exiliados”. Considera que sin renegar de esa generación -a la cual considera que la izquierda le arroga un halo de heroísmo por su resistencia en dictadura y la narra con excesiva solemnidad en tanto sujeto histórico, lo que dificulta la aparición de nuevas narrativas-, es necesario contar el relato desde la voz propia, no desde la melancolía ni la añoranza de un país que su generación no llegó a conocer.

Fue uno de los protagonistas del documental, Pablo Gershanik, actor, docente y director argenmex (nacido en Argentina y exiliado en México), quien le ayudó a encontrar el tono de la película cuando al entrevistarlo supo que estaba exponiendo una maqueta para representar el homicidio de su padre (asesinado con ochenta balazos enfrente suyo, cuando Pablo tenía un año y medio), en el Espacio de Memoria y Derechos Humanos de la ex ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada Argentina, el centro clandestino de detención, tortutra y exterminio más grande en Argentina). “La pregunta que él se hace es ¿qué significa reconstruir una tragedia? ¿Significa diseccionar la escena hasta su punto cero para saber exactamente cómo fue o contar la historia de otra manera o desde otro lugar?”, señala Sebastián Kohan. 

Para poder contar a sus hijos su historia, pero sin hacerles cargar el drama vivido, Pablo Gershanik optó por reconstruir la forma de narrar a partir de maquetas, que hacen parte de la original puesta en escena de la película. En Villa Olímpica vemos imágenes innovadoras -como un ojo metiéndose por una ventana de un edificio- hasta la representación en miniaturas de imágenes icónicas de La Moneda bombardeada. Para Kohan la película tiene que ser sanadora, que aliviane a sus protagonistas por más que cuente un drama, para salir de la sala con un poco más de luz y en eso las maquetas hacen un importante aporte. Lo mismo ocurre con las cálidas y amorosas recreaciones de época, las películas familiares y anécdotas que cuentan los protagonistas, como aquella vez en que robaron la plata de la iglesia como reivindicación política y con ella el grupo de amigos fue al cine.

La segunda generación

En un viaje a la memoria personal e histórica que resulta fundamental en tiempos de olvido, Sebastián Kohan -que actualmente volvió a vivir en México después de haber estudiado en Chile y España- escucha a los niños y niñas de entonces convertidos hoy en adultos, para visibilizar su mirada como segunda generación de víctimas indirectas de las violaciones graves, sistemáticas y generalizadas perpetradas en dictadura. 

Construida para los deportistas que llegaron a las Olimpiadas de México de 1968, la Villa Olímpica (no la de los edificios de Ñuñoa, sino del D.F. mexicano) se constituyó en los setenta en un barrio ocupado mayoritariamente por familias de exiliados chilenos y argentinos (se calcula que en los treinta edificios con un total de 5.000 habitantes, 3.000 eran exiliados), cuyos hijos e hijas antes que los cuentos infantiles, aprendieron historias de violaciones a los derechos humanos. Las y los entrevistados en el documental ahora grandes, encontraron allí un espacio de contención y libertad en su niñez, mientras Chile se desangraba a miles de kilómetros.

Son niñas y niños que vivieron por años junto a sus golpeadas y, a veces, desmembradas familias en el complejo de edificios Villa Olímpica que era una comunidad de exiliados, hasta convertirse en adolescentes y jóvenes. La convirtieron en su hogar, se formaron en escuelas alternativas de izquierda, hicieron amigos de por vida, disfrutaron sus juegos y conocieron a sus primeros amores. Crecieron en un México acogedor, en un lugar de contención y formaron su identidad desde el exilio, añorando un Chile que luego no encontraron a su vuelta al país que expulsó a sus padres. Otros, se quedaron allá, incluso a pesar del anhelo de volver de sus progenitores.

Sus padres llegaron muy golpeados a México, habiendo perdido a algún familiar o amigo por las fuerzas represivas y escapando de Chile para salvar sus vidas. Al instalarse, los niños y niñas estaban seguros, lejos de las atrocidades que sucedían en Chile y pudieron llevar una niñez tranquila en un México que bullía de oportunidades. Pero, a la vez, seguían vinculados a la dolorosa situación del país que era más de sus padres que de ellos. 

La nostalgia sobre todo lo que fuera del país de origen caracterizaba al grupo de los “mientrastistas” (que creían que estarían en México “mientras tanto” se acababa la dictadura), alimentando el mito de que vivían con las maletas hechas e incluso dormían en sacos de dormir y carpas dentro de los departamentos esperando volver pronto a Chile y Argentina cuando cayeran los regímenes autoritarios. 

Los amigos argentinos de los niños chilenos fueron volviendo a su país, mientras ellos se quedaban esperando la caída de una de las dictaduras más largas del continente. Hasta que llegó la hora de regresar a un terruño añorado por sus padres, pero que no era lo que esperaban: Chile estaba lejos de ser la Tierra prometida y vino el desarraigo. “Nosotros no volvimos, ellos volvieron”, señala Alejandra Sáez, una de las protagonistas del documental. Fue un “exilio” al revés: terminaba el de los padres y comenzaba el de los hijos e hijas de los chilenos criados en México. Los niños y niñas habían sido desterrados y desarraigados.-

Mira aquí la entrevista completa al director Sebastián Kohan.

Marisol Aguila