Reseña: Recursos Inhumanos – Capitalismo salvaje

Lo que Recursos Inhumanos plantea, más allá de la trama pantanosa entre corrupción y pobredumbre, es dar con una forma del fracaso, la derrota inapelable de un sujeto que comete el crimen de parecerse demasiado a su victimario. Vehemente, ennegrecido y desbocado, Delambre es sólo un ejemplar neoliberal en miniatura que se contagió del ethos del sistema que lo expulsó por obsoleto.

El titular fue, por supuesto, elocuente: jugador enfurecido lanza patada voladora a hooligan después de celebrar un gol. El autor material, Eric Cantona. El año, 1995, y los equipos, Manchester United contra Crystal Palace. No debe haber persona medianamente familiarizada con el fútbol que no asocie inmediata –y casi exclusivamente– al jugador francés con la controversia intempestiva que ese gol y esa trifulca desencadenaron en su vida: como si ese futbolista sólo sirviera para encarnar la violencia breve de un momento fugaz, y así pasar por alto los más de ochenta goles que marcó durante los cinco años que estuvo en Inglaterra. Pues bien: a veces una salida de madre nos cuesta la carrera, la fama, el puesto o todo junto. Sin duda es evidente, por lo polémico del suceso, pero Cantona salió fortalecido del momento aprovechando dicha fama, y ahora, de cierto modo, sigue viviendo del ímpetu furibundo que muchos insistentemente le endosaron durante los noventa.

Recursos Inhumanos, la versión en clave miniserie de la novela del francés Pierre Lemaitre que recluta a Cantona como protagónico, recurre sin mucho problema a la fama irascible de su alter ego para tensionar la narración. De hecho, antes de cumplirse los diez primeros minutos de su primer capítulo, ya vemos a Alain Delambre responder a la provocación de su superior directo con un cabezazo. Ahora bien, dicha estampa, irrefrenable, irritable e insidiosamente iracunda, está puesta al servicio de otra cosa que le sirve de pretexto: Delambre padece su cesantía. Ni por incompetente ni por echado en los huevos, sino que por haberse vuelto el residuo humanoide de una maquinaria de empleabilidad que lo declara gastado con tanta contundencia como a nosotros nos obligan a cambiar los celulares menos tarde que temprano. 

Reclutador eximio con experiencia suficiente en el rubro que en Chile organizan los departamentos de Recursos Humanos en las empresas, Delambre se las apaña trabajando en puestos para los que aparece sobre-calificado: la limpieza de estacionamientos y el inventario de herramientas. En razón de su edad, no obstante, es el funcionario ideal para trabajos en los cuales, precisamente, se contrata a sujetos de su calaña; hombres lúcidos funcionales y laboralmente activos, pero sin las credenciales de la lozanía o la frescura de quien egresa de las Escuelas de Negocios envalentonado por comerse el mundo. Precisamente como su contraparte, o a quien el montaje nos lo muestra en simultáneo, Alexandre Dorfmann (Alex Lutz), ejecutivo de estampa gerencial, impoluto treinteañero, refinado personaje de cabello rizado y traje a la medida, que recorre las calles de una París disfrazada de Wall Street al interior de un último modelo que conduce un chofer aparentemente tan irrelevante como la ferretería donde Delambre, en un arranque de furia que tal vez sea pura pesadumbre, golpea a su supervisor. El contraste, por lo menos, aclara las pretensiones de la historia.

Sin ser necesariamente un prodigioso de la innovación formalista, Ziad Doueiri –realizador libanés nominado al Oscar por L’insult (2017)– se las arregla para trabajar la agilidad de manera lo suficientemente diligente para convertir a Recursos Inhumanos en un thriller social que funciona, a propósito del equilibrio transversal en el que aparecen dosificados sus componentes centrales: desempleo, suspenso, crimen, desfalco y corrupción. En ese sentido –y tal vez refrendado por el guion de quien escribe la novela inspiradora– la dupla se las arregla para componer una cronología contingente del hombre destituido de la europa clasemediera del siglo XXI, que es, en el fondo, uno de los resultados de la operatividad práctica de una maquinaria bursátil que se come lo que encuentra y que expulsa lo que no le sirve.

Pero que también –y esto es quizá más sugestivo– se las encarga para naturalizar su modus operandi en quienes incluso se quejan de la injusticia que representa. Sin duda, Alain Delambre, melancólico y frustrado en toda su virilidad maltrecha, es una interesante forma de representar la modalidad que adquiere esa amalgama contemporánea y generacional de longeva masculinidad frustrada versus neoliberalismo versátil y siempre juvenil. Es una lucha desigual, en donde el primero aparece desprovisto de los apoyos que sostenían al sujeto proletario de un siglo atrás. En efecto, la serie plantea un acercamiento a cómo se configura ese votante de los gobiernos autoritarios que proyecta su ego –tan herido por las puñaladas de un sistema que produce más rápido de lo que puede seguirle el rastro– en ese monstruo que se llena los bolsillos mientras se contenta con prometerle quimeras.

En ese sentido, cuando la serie promete ser la denuncia de un sistema reluciente pero empobrecido, entretiene, pero tal vez alcanza mayor fuelle cuando abandona ese lugar común necesario de advertir, pero desgastado en la forma de tratarlo: es cosa de mirar cómo un director como Ken Loach –con quien Cantona hizo una curiosa película en 2009– vuelve a la temática diciendo lo mismo aunque haciéndolo urgente. Cuestión que acá más bien es sólo una correcta excusa narrativa, porque lo que Recursos Inhumanos plantea, más allá de la trama pantanosa entre corrupción y pobredumbre, es dar con una forma del fracaso: la derrota inapelable de un sujeto que comete el crimen de parecerse demasiado a su victimario. Vehemente, ennegrecido y desbocado, Delambre es sólo un ejemplar neoliberal en miniatura que se contagió del ethos del sistema que lo expulsó por obsoleto.

Al mismo tiempo, Recursos Inhumanos es una vuelta de tuerca capaz de integrar el escenario de la precariedad cesante: alternando las secuencias de premura económica, con los pisos almidonados de una empresa coludida y peligrosa, en paralelo a los anaqueles de una cárcel en donde solo leen quienes buscan pasar el tiempo, y con un espacio judicial en donde se deliberan las fracturas del pacto social que produce tanta injusticia. En el fondo, esta serie ilustra las instituciones republicanas –el hogar, el trabajo, la cárcel, la ley–, diques sociales que tienen el trabajo de contextualizar, sopesar y juzgar al sin trabajo. 

Más allá de introducir a su personaje en esos espacios –un poco estrujando todo lo que pueda el género que tiene para ofrecer– la serie se las arregla con ser dinámica, porque se interesa en contar su historia desde la manera que tiene de hacer encajar las piezas hasta el modo en que reconstruye los conflictos. Aunque no así en la composición de sus personajes secundarios, de quienes sabemos poco y muchas veces de sopetón, en la medida que siempre aportan suplementariamente a la causa del protagonista, que es cierto, nos incumbe, pero nos importaría más si supiéramos algo más que las meras presencias de quienes lo odian o aman respectivamente. Doueiri, en ese sentido, y tal vez como en su meritorio largometraje sobre los conflictos domésticos en Oriente Medio, es eficaz en cómo se urden y aceitan los mecanismos dramáticos, muchas veces subrayados por planos panorámicos, que esquinan a los personajes, pero también los exhiben en la pretendida insignificancia que demuestra su lugar entre los rascacielos que los atoran.

Por otro lado, hay algunas secuencias con cierto lirismo ocasional, o que coquetean con un interesante absurdo al interior de la trama, pero que no alcanzan a dar la textura suficiente a una historia que, es cierto, no necesita dichas secuencias para hacerse inteligible, pero que sí la podría haber complejizado, precisamente, porque el enojo del personaje que está contenido en el capitalismo que lo desecha, ciertamente tiene muchas otras facetas que la mera rabia frustrada. Delambre es un personaje audaz pero cansino, iracundo pero triste, y que todo el tiempo reacciona con ímpetu, sin embargo ¿Es esa mera condición depresiva la que lo explica a cabalidad? Tal vez la manera de representarla tiende a enfatizar demasiado aquella vehemencia que lo hizo famoso, olvidando otras razones que explican a Delambre más allá del puro instinto o del piloto automático que la narración pueda inferirle al personaje de cuando en cuando.

Sin embargo, Recursos Inhumanos logra seguirse porque es una serie cuya trama sí interesa, porque finaliza con ingenio (y el deleite de una disputa discursiva antagónica final escrita con talento), y porque siempre va a ser importante acumular una razón más para dejar de creerle a ese sistema que en algún momento Mark Fisher le pilló una falla: aquella que hace que nunca nos lo imaginemos como colapsado. Preguntarnos por las razones de esto, es quizá una buena razón para profundizar más en la rabia del multifacético monseiur Cantona.

Recursos Inhumanos (Dérapages)

Director: Ziad Doueiri

Guion: Pierre Lemaitre

Fotografía: Tomaso Fiorilli

Elenco: Eric Cantona, Suzanne Clément, Alex Lutz, Alice de Lencquensaing, Adama Niane

ClaudioSH

Claudio es psicólogo. Reparte su tiempo entre hacer clases, ver cine y lograr terminar un Magister. No se encuentra mucho en eso de ser cinéfilo. Ni menos, amante del cine: ve películas porque está acostumbrado, porque no es demasiado caro y porque, tal vez, fue lo único que se le ocurrió hacer con el poco tiempo que le queda disponible.

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