Reseña: The Handmaid’s Tale, temporada 2 – Dios sin Ley

La serie se bifurca hacia derroteros esperables y levemente sospechables desde el primer final: el desarrollo de la complejidad y las contradicciones de sus secundarios como andamiaje principal o la extensión de las fronteras nacionales. En este sentido, no hay sorpresa pero sí densidad subjetiva y decisiones que nos consternan.

En el jardín de la residencia de los Waterford hay un vivero. Un lugar que la tradición le encomienda como propiedad soberana a la esposa del Comandante (Yvonne Strahovski), quien, en esta segunda temporada de The Handmaid’s Tale, volverá a utilizar después de un tiempo para cultivar flores. Es entretenida la idea del vivero: un lugar en donde, si ponemos atención, se producen fenómenos que se definen por características que son patrimonio exclusivo e inherente de él. Dicho de otro modo, es un espacio que hace vivir a cosas que bajo otra circunstancia no lo harían. El vivero es un laboratorio, un simulacro áspero que es también una forma de cautiverio: metáfora rapaz de un enclave protegido a través del control de condiciones y contingencias. Un lugar que da luz a plantas bajo condiciones ideales, pero que no se pueden permitir existir fuera de ellas y de los ventanales de su perímetro.

El espacio perfecto, pero fúnebre por lo mismo.

Smart Power

En otro momento –de hecho, al principio– nos encontramos con la historia de Offred/June (Elizabeth Moss) donde la habíamos dejado en la primera temporada. En el momento posterior a la resistencia que oponen las criadas hacia masacrar a una compañera en la desgracia. Producto de esta negligencia concertada, son todas enviadas a un estadio vacío y semi-cerrado que las hará de horca masiva. Un genocidio perfecto, por anónimo y silente. Todas las criadas, amordazadas, son atadas a una soga, listas para el desenlace final. Que nunca sucede, porque la puesta en escena que juega con los nervios de todas sólo es un escarmiento macabro de lo que pudo haber sido. De hecho, de no mediar la misericordiosa piedad del Todopoderoso Omnipotente.

Estos dos momentos son solo dos ejemplos de una de las dimensiones que aborda con una pericia cruel esta segunda temporada de The Handmaid’s Tale. Podríamos denomina, a falta de otro nombre, el principio del simulacro. El mundo de la impostación. Porque todo lo que termina sucediendo es aquello que sustituye, que enmascara, y que termina preponderando sobre lo otro porque bueno, así debió haber sido. El Dios con corbata y pantalones slim fit lo mandata así.

Tomando ese principio, esta temporada se enmascara y emparenta con todas esas fábulas donosianas que escudriñan en una élite putrefacta que se traiciona –o se revela– cuando oculta su miseria. Pero también con ese Kubrick subvalorado y ceremonial que parió Eyes Wide Shut veinte años atrás.

Lo bueno de todo esto es justamente la trama que pone en juego ese ocultamiento y su pantomima, puesto que nosotros, como espectadores, nos regocijamos porque conocemos sus pormenores. Y es que en los momentos más duros y atroces emergen acontecimientos que, sí, nos asfixian, pero los hacemos soportables porque nos acordamos que son meras versiones fraudulentas de lo real. Siempre sabremos que la imponencia esconde la impotencia y la soberbia oculta la desdicha.

Ahora bien, aquello no quita que esta segunda temporada tome distancia o soslayo de la crueldad. De hecho, precisamente, no ha pasado inadvertida esa propensión de la serie a construir una trama amparada en una matriz bastante despiadada, inmisericorde y rotunda frente el sufrimiento femenino. Pese a la luminosidad que le encontramos de vez en cuando en su cromática sepia o recargada, la temporada destila un imaginario en concordancia con una visión del mal ubicua, pulcra y perversa. Sin miramientos y con indulgencia fingida. Fatal y final. El Gilead ficticio es una institución totalitaria prolija pero rapaz, sin fallas aparentes, que combina, en igual proporción, perfeccionismo compulsivo y asepsia delirante. Un delirio de grandeza que no permite fracturas ni en su andamiaje ni en quienes se encargan de sostenerlo. Y bueno, ahí, tal vez, la expresión de esa contrapartida sea tan dolorosa y extenuante para el espectador, testigo omnisciente de la inminencia de una dosis inconmensurable de maltrato y opresión que no induce al sosiego. Aunque quizá es necesario que así sea. Que la imagen terrible no nos aturda hasta embotarnos. Para que no se nos olvide recordar que a la gente la asedian y muchas veces la violentan. Amparados los que la perpetran en fantasmas imaginarios.

Bajo este apartado, no debe olvidarse una interpretación que, cosa curiosa, debe encontrarse en más de la mitad de la temporada en esa gestualidad doliente y objetivamente al borde del colapso. Elizabeth Moss, protagónico vigoroso, se convierte en la encarnación de una pasión dreyeriana, digna de esa Juana de Arco tan arquetípica como martirizante.

Todos estos ingredientes se condimentan con una puesta en escena geométrica y puntillosa, tal vez más empeñada en la consolidación de una métrica cromática obsesiva y meticulosa que en extender los límites de su propuesta semiótica. Como Gilead, tal vez, su cinematografía redunda en una composición que yuxtapone colores, espacios y locaciones con un afán de equidistancia que regocija y atosiga en dosis equitativas. Lo que no es nuevo, aunque sí nos renueve: pese al abandono de una realizadora de algunos capítulos en estado de gracia como Floria Sigismondi (fotógrafa y directora de videos musicales al frente, entre otros, del imaginario visual de ese lirismo islandés llamado Sigur-Ros), el relevo lo toma Jeremy Podeswa, habitual en otro artefacto del multiverso millenial: Game of Thrones. En suma, lo que se pierde en propuestas autorales se gana en cierta uniformidad –orgánica– entre cada capítulo.

tht-207-gk-0346rt2-fix-1521828050

Y bueno, así llegamos al desafío que excede la propuesta estética. Mal que mal, una serie es una serie y se le juzga como tal. Cargar con la responsabilidad de extender un universo que no cabe en la novela que la inspira es desafiante y peligroso. Porque se acaba esa gallina de los huevos de oro narrativa que vino a ser el material de Margaret Atwood. Al respecto, la serie se bifurca hacia derroteros esperables y levemente sospechables desde el primer final: el desarrollo de la complejidad y las contradicciones de sus secundarios como andamiaje principal o la extensión de las fronteras nacionales. En este sentido, no hay sorpresa pero sí densidad subjetiva o decisiones que nos consternan. Y claro, cliffhangers en su justa medida. Lo suficiente como para conectar con el espectador ansioso de capítulos y tiempo. O dispuesto a transar capítulos por tiempo.

Fuera de eso, se agradece un desarrollo denso en torno a las disquisiciones y subentendidos de los personajes, pero sobretodo, a propósito de lo que se indicaba más arriba: The Handmaid’s Tale cumple cuando tiene que aceitar o hacer calzar las piezas narrativas en torno al drama que propone. Sin perder novedad psicológica, ni entretención temática, ni profundidad ontológica.

Llegados a este punto, se valora la capacidad de poder generar una iconografía –es cierto, primermundista, racialmente caucásica y televisivamente redituable– de cierta resistencia, simbolizando un tiempo de disputas. Pero también recurriendo a los soportes que la civilización no se olvidó de legarnos: la ficción como salvación, la escritura como refugio, la comunidad como bandera, la espiritualidad como volver a estar en el mundo. Y un capítulo de Friends para no tomarse tan en serio.

Décadas atrás, Michel Foucault escribió, en un libro que –ironía amarga– analizaba la represión de las practicas sexuales y la posibilidad de articular un método para subvertirlas: “Los apoyos que dichas relaciones de fuerza encuentran las unas en las otras, de modo que formen cadena”. Y bueno, con esta lectura distópica estaría pletórico. O agradecido. O disconforme. O tal vez nada de eso, pero sí la serie le serviría para donarnos otro libro con su razones para pensárselo.

The Handmaid’s Tale: Season 2 (2018, 13 capítulos) Estados Unidos, Brunce Miller (Showrunner)
Elizabeth Moss, Yvonne Strahovski, Samira Wiley, Alexis Bledel, Joseph Fiennes

Afiche

3062324.jpg-r_1920_1080-f_jpg-q_x-

Trailer

ClaudioSH
claudio.s.herrera@gmail.com

Claudio es psicólogo. Reparte su tiempo entre hacer clases, ver cine y lograr terminar un Magister. No se encuentra mucho en eso de ser cinéfilo. Ni menos, amante del cine: ve películas porque está acostumbrado, porque no es demasiado caro y porque, tal vez, fue lo único que se le ocurrió hacer con el poco tiempo que le queda disponible.

No Comments

Sorry, the comment form is closed at this time.