Abre/acción surge en 2017 producto de una intuición colectiva, fugaz y trasnochada: reconocer la necesidad de ponerle palabras a los afectos que las películas nos iban dejando. Que eran, a veces, fragmentos inesperados del propio recuerdo. Una que otra insistente conmoción emocional. O también el deslumbre ante el ingenio y la inventiva de una pieza visual precisa. Muchas veces era algo que no cabía en las palabras y los conceptos que usábamos para darle sentido: para atraparle. Tal vez porque las películas se nos escapan todo el tiempo. Andan de paso, viven en otra parte. En un lugar que queríamos –ingenuos– encontrar.

Pasó el tiempo y fuimos buscando, descubriendo, comunicando una forma de referirnos a lo que veíamos: profundizamos, mediante el diálogo, poder recorrer los lugares por donde esos filmes pasaban (géneros, teorías, impresiones, voladas, lecturas, autores: ideas). No las pillábamos, pero les seguíamos un itinerario posible. Ahí nos conformamos con intentar reducirlas a unas cuantas palabras de un texto que siempre tenía –hasta ahora– errores gramaticales. Porque sentíamos que las películas tenían prisa, que no nos esperaban como queríamos. Acaso era la cartelera, la rotación, los estrenos, o el propio ritmo –o ansiedad– personal. Más que nada atendíamos a un baile cuyo compás siempre nos frustrábamos por seguir.

Se alinearon los planetas, apareció la fortuna, y comenzamos –muy modestamente– a tomarnos más en serio: a ser más regulares, a pensar en proyectos, a adquirir rutinas. Esa veta nos hizo (nos hace), de vez en cuando, participar en festivales, escribir reseñas, colaborar con creadores, conocer lugares. Y asistir a aquellas instancias en donde creemos que pueden estar las películas que vimos y que hablamos con otros. Pero también las películas abandonan esos lugares y rechazan a ratos a quienes, de hecho, las crean, las piensan, las discuten y las hacen circular.

Con el tiempo y la frustración del trabajo siempre precario y siempre inconcluso, llegamos a la siguiente conclusión. Transitoria, como todo: Aquello que nos condena es lo que nos salva. Porque lo que nos interesa es justamente hablar de un cine que fluye, que está en Los Oscar pero también en Santiago de Chile, que vive en el cine que ya no existe pero también en el que no sabemos que existe, que palpita en la multisala pero también en la pantalla. Y que, en definitiva, está sólo cuando, en conjunto y siempre con otros (actores, no-actores, creadores, no-creadores, habladores, opinantes, pensadores), en la sala o en la web, colaboramos en alimentar la ficción de creer que le seguimos el rastro. Enganchados a esta convicción, rigurosa aunque inconstante, majadera aunque tramposa, volvemos a abrir Abre/acción. Y les invitamos, cordialmente, a dialogar y a visitar uno de los caminos que, desde esta tribuna, vamos dejando mientras seguimos, junto a otros, al cine que se escapa. Que se descuelga del tiempo, que se arranca del espacio. Que vive y nos afecta.

En suma, que fluye.

Adelante.