Reseña: El repostero de Berlín – Vestirse de muerto

Se ha dicho que The Cakemaker es una película, ante todo, con sentimientos adultos. Y tal vez es cierto, siempre y cuando pensemos que esa etiqueta nos permita entender el sentido de un drama intimista que no teme incomodar sin padecer por ello ni un ápice de inseguridad o desfachatez en su tratamiento formal y narrativo. En donde su sobriedad no es solemnidad impostada sino que es, sencillamente, saber usar el criterio.


Es cierto, The Cakemaker parte como un melodrama mesurado, sobrio y en absoluto estridente. Un inicio acompañado de un piano melancólico –que por cierto, nunca empalaga– muestra la fachada de una panadería-pastelería incrustada en un Berlín centralizado y cosmopolita. Ahí dentro, de la ciudad y del recinto, se conocerán Oren (Roi Miller) y Thomas (Tim Kalkhof). Son nuestros protagonistas y también los primeros personajes que vemos. De ahí en adelante, el film articula el conflicto central en algo así como 15 minutos, 5 escenas, tres elipsis y un intertítulo que traspone, rápidamente, la narración un año más tarde.

En ese contexto, panadero y comensal, convertidos ahora en pareja intermitente, se preparan y resisten al retorno de este último. Oren, hombre casado y visitante temporal, debe partir a Jerusalén. Lugar de pertenencia y fuente del hogar, la familia y la nación. En consecuencia, el romance del que vemos sólo gestos es una mera vivencia fugaz que, para ellos, sólo cobra sentido en la medida que la ruptura inminente que les espera a ambos vuelve ese vínculo, al menos a nuestros ojos, engañosamente efímero. En cierto sentido, Oren y Thomas mantienen una relación cuya inescrutable intensidad no alcanzaremos del todo a perfilar: porque está fuera de campo. Y tal vez no importe tanto, porque al director lo que le interesa no es tanto el hecho en sí sino lo que sucede después de consumado.

Todo lo que se puede decir de este inusual drama parte por la intención del director, Ofir Raul Graizer, por acometer con sobriedad una controversia cultural: las formas de la convivencia germano-israelí. Mientras avanza, de hecho, The Cakemaker se vuelve un estudio minucioso y recatado de las distintas dimensiones que adquiere esta polémica. Desde el principio, casi todo sugiere prohibición: partiendo del adulterio de la relación extramarital hasta la transgresión de la tradición kosher que uno de sus personajes tensiona a propósito del oficio de repostero. Y pasando, evidentemente, por la orientación sexual de sus personajes, o el hecho mismo de sus identidades nacionales.

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 Ahora bien, la película se interesa más por los vínculos que por la confrontación cultural directa, lo cual está dado por su tono sutil y hasta prudente de lo que utiliza como excusa narrativa. Se observa, en este sentido, un tratamiento respetuoso del encuadre, que carga con un cierto un distanciamiento contemplativo que condiciona el punto de vista sin hacerlo necesariamente ajeno o desconectado de lo que nos presentan. Los personajes nos interesan sin que necesariamente sus emociones nos destellen en la cara. Y eso quizá hable del poder que tiene cierta destreza evocativa de los mismos actores, cierto sentido de la ausencia, o el modo en cómo todos ellos son filmados: sus intercambios en general –aunque no siempre– son recatados y comedidos, lo cual también nos habla de las inevitables diferencias que se sostienen al momento de pensarse conviviendo centre identidades culturales diversas e históricamente antagonizadas. En ese contexto, el tratamiento alegórico que se le otorga a la relación central resulta un minucioso y comedido análisis sobre cómo se sostienen vínculos entre identidades mancilladas por los vaivenes de una historia a la cual los personajes a veces responden, pero muchas veces omiten hacerlo sin tener del todo una razón concreta para hacerlo con franqueza.

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Independiente de esto, The Cakemaker también configura un triángulo sugerente en estos protagónicos (a los que se suma la esposa del hombre casado), a partir de la manera que tiene de articular los conflictos subterráneos que los emparentan. A propósito del deceso trágico del personaje de Oren ocurrida al inicio, y de la decisión de Thomas de visitar y conocer parte del pasado de su amante en Jerusalén, Raul Graizer intenta una lectura del duelo y de la usurpación del fallecido como la oportunidad de reconstruirse desde la añoranza, que en este contexto alimentan el móvil del personaje principal, deudo no oficial de un amor extraviado. Como si la única manera de poder sustituir al otro perdido pasase por hacerse uno con él. O como si sólo haciéndome uno con el otro pudiese, verdaderamente, sostener el peso de su ausencia lacerante.

Hace una década, Doris Dörrie abordó con frescura esta dinámica en Kirschblüten-Hanami (2008), cuando puso énfasis en esta forma de transitar el duelo –y con ello, la pérdida total del ser amado– a partir de un ejercicio sinérgico, de fundirse con el otro desde los vestigios visibles de lo que dejó. A partir de la figura perdida de un cónyuge desaparecido, tanto el protagonista en la película de Dörrie –un jubilado que viaja al Japón recóndito para encontrarse con su esposa– como el Thomas protagónico de acá, ambos restituyen desde la usurpación la figura del otro. En un ejercicio alegórico que nos habla de la pérdida, del lugar personal en ese trance, pero también de las formas que tenemos de hacer penitencia ante la ausencia. Metáfora elegante y vigente en el oficio de panadero, Thomas es ante todo un hacedor de ofrendas, sujeto taciturno forzado a la impostación de tener para dar sólo aquello que el otro le recuerda ofrecer en gratitud. Desde ahí, el director da forma a un personaje pétreo y ciertamente taciturno: un símil penitente de las deudas contraídas por el pasado.

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Se ha dicho que The Cakemaker es una película, ante todo, con sentimientos adultos. Y tal vez es cierto, siempre y cuando pensemos que esa etiqueta nos permita entender el sentido de un drama intimista que no teme incomodar sin padecer por ello ni un ápice de inseguridad o desfachatez en su tratamiento formal y narrativo. En donde su sobriedad no es solemnidad impostada sino que es, sencillamente, saber usar el criterio. Una película valiente y refrescante que parece no serlo.

Reseña de El repostero de Berlín

El reposrtero de Berlín (The Cakemaker) (2017, 113 mins.) Ofir Raul Graizer
Tim Kalkhof, Roi Miller, Sarah Adler, Zohar Strauss

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ClaudioSH
claudio.s.herrera@gmail.com

Claudio es psicólogo. Reparte su tiempo entre hacer clases, ver cine y lograr terminar un Magister. No se encuentra mucho en eso de ser cinéfilo. Ni menos, amante del cine: ve películas porque está acostumbrado, porque no es demasiado caro y porque, tal vez, fue lo único que se le ocurrió hacer con el poco tiempo que le queda disponible.

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