Reseña: La sal de la tierra – Me arden los ojos

Cuando Sebastião Salgado, economista retirado, fotógrafo tardío, brasileño exiliado y francoparlante nativo, viaja a una isla remota cerca del Océano Indico, lo acompañan su primogénito, Juliano, y Wim Wenders. Inspirado por la presencia de cientos de lobos marinos, Salgado observa, se sitúa, encuadra y les toma fotos. Hay un momento donde menciona que, entre el sinsentido de sus volúmenes yuxtapuestos y los colmillos entrechocados, es posible visualizar un cuadro que se asemeja al infierno de Dante. El comentario se escucha sobrecogedor, sobretodo por la sensibilidad contemplativa que evoca y por la capacidad del fotógrafo de ver ahí, dispuesto, una escena donde sólo se ven, discordantes, muchos lomos apiñados. En ese momento, para el protagonista, fotografiar lobos marinos sólo constituye un trabajo menor. Encomiable, pero periférico.

Porque la inmanencia de su obra está en otra parte: en la humanidad trágica de lo que vemos después.

Sebastião Salgado es conocido por su rol e impacto como fotógrafo social, que es una convención que sirve para definir su itinerancia por los confines más recónditos y extraviados del mundo para fotografiar a aquéllos quienes los habitan y la desventura con que lo hacen. Su trabajo tiene que ver con constatar, de una manera tan apabullante como desnuda, los vestigios con los que se configura la miseria humana. En ese sentido, su reportaje más descarnado tiene relación con su recorrido, al amparo de Médicos sin Fronteras, en la zona topográfica del Sahel, cordón transversal que recorre el continente africano de cabo a rabo, caracterizado por condiciones climáticas pauperizadas y hostiles para la cosecha y la habitabilidad. Ahí, y posteriormente en la Ruanda asediada por el genocidio, vemos con exuberante elocuencia aquello que se nos vuelve invisible todo el tiempo: el hambruna africana, la desolación de los conflictos armados y la aparente inexistencia de alguien que se encargue de gestionar esta masacre.

Esa, en toda su despampanante brutalidad, es una verdadera cachetada para espectador de La sal de la tierra. Documental que trabaja con un material que se hace necesario pero que, también, no está exento de alguna controversia en torno a la representación sin escrúpulos de la extrema precariedad, o de cierta estetización de aquello que es el mero resultado del saqueo o de la desigualdad distributiva. La fotografía de Salgado podría ser eso pero también es una obra que da lugar justamente a la visibilización y denuncia de dichas condiciones, interpelando al espectador desde una sensación que excede la compasión o cualquier realismo posible. Sus fotografías duelen porque tienen que doler. Sea en el Sudán fronterizo, Belem do Pará, la ex Yugoslavia o la selva en Tanzania.

En este sentido, La sal de la tierra es un elogio justo, pero también una narración biográfica y un recorrido profesional. Wenders y Salgado hijo nos cuentan la trayectoria que lleva a Salgado padre a abandonar la Economía para reconstruir y develar, con su trabajo, el rostro de ese sujeto al que le arrebataron la posibilidad de ser más. Por lo que durante el metraje seguimos sus trabajos más celebrados y punzantes: Éxodo, con el recorrido errante de los flujos migratorios, Kuwait y el infierno petrolero post-Guerra del Golfo o finalmente, Génesis, trabajo al que vuelve después de enfermarse con el exceso virulento de la la degradación y la violencia humana. Un trabajo en el que, ya recuperado, confirma su reencantamiento hacia un mundo donde todo nace y vuelve a nacer.

A través de la superposición del trabajo de Salgado, Wenders sorprende con una puesta en escena muy sencilla que no precisa de ornamento alguno. Su montaje es, a todas luces, la buena síntesis de un autor consagrado y multipremiado que tiene una fuerza que se sostiene en todo lo que puede decir del mundo esa amalgama entre luz y oscuridad que es cada cuadro del fotógrafo.

Con un material de archivo que llena los vacíos biográficos y un montaje fotográfico que deslumbra y rememora, a ratos, el efecto real de La Jetée (1962), Wenders conmociona con el material de un personaje que nos exhibe un universo que brilla por su ausencia y que se enmarca en los esfuerzos que el director alemán presenta en sus últimos documentales: monumentales homenajes que hablan de su convicción en el poder expiatorio y emancipador en el arte como humanismo, y que vimos en Buena Vista Social Club (1999) o Pina (2011).

En este contexto, La sal de la tierra carga con la consternación de lo visual: una manifestación artístico-cultural que, por llegarnos desde la vista, justamente carga con la desgracia de que podemos cubrirnos la mirada para no ver lo que se nos presenta. Pero que cuando se nos instala ante nosotros desprevenidos, no nos permite olvidarnos de su presencia inminente.

La sal de la tierra (Le sel de la terre) (100 mins., 2014), Wim Wenders & Juliano Ribeiro Salgado

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ClaudioSH
claudio.s.herrera@gmail.com

Claudio es psicólogo. Reparte su tiempo entre hacer clases, ver cine y lograr terminar un Magister. Le interesan mucho las películas de países a los cuales siempre es caro –e improbable- encontrar vuelos directos. Aunque también valora en su justa medida a todo lo que pueda verse en multisalas acompañado de bebidas extra grandes o nachos con queso. No se encuentra mucho en eso de ser cinéfilo. Ni menos, amante del cine: ve películas porque está acostumbrado, porque no es demasiado caro y porque, tal vez, fue lo único que se le ocurrió hacer con el poco tiempo que le queda libre.

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